La liturgia de este domingo nos vuelve a proponer, el Prólogo del Evangelio de san Juan, en el que se nos narra el significado más profundo del Nacimiento de Jesús. Él es la Palabra de Dios que se hizo hombre y puso su «tienda», su morada entre los hombres.
Así Dios es Dios con nosotros, Dios que nos ama, Dios que camina con nosotros. Éste es el mensaje de Navidad: el Verbo se hizo carne. De este modo la Navidad nos revela el amor inmenso de Dios por la humanidad. De aquí se deriva también el entusiasmo, nuestra esperanza de cristianos, que en nuestra pobreza sabemos que somos amados, visitados y acompañados por Dios; y miramos al mundo y a la historia como el lugar donde caminar juntos con Él y entre nosotros, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva.
Juan nos presenta en el Prólogo lo que después será desarrollado en los capítulos sucesivos, Jesús enviado del Padre, fuente de vida, luz del mundo, lleno de gracia y de verdad, Unigénito en el que se revela la gloria del Padre.
En las primeras estrofas de este himno se nos presenta a Jesús como la Sabiduría de Dios que planta su tienda entre nosotros; es Él, y no la ley de Moisés, quien revela a los hombres el rostro de Dios y su voluntad. Él es el Verbo, la Palabra última y definitiva de Dios. Es aquella Palabra mediante la cual Dios, al principio, creó el mundo.
No solamente esto. A diferencia de la Sabiduría personificada. la palabra de Dios, que en Jesús de Nazaret se ha hecho carne, no ha sido creada, sino que “estaba” junto a Dios, existía desde toda la eternidad y era Dios.
Posteriormente surge un grito de alegría: Vino a su propio mundo la luz verdadera. Jesús es la luz auténtica, lo contrario de las lucecillas ilusorias, los fuegos vanos, espejismos, destellos engañosos. Sin embargo, este grito entusiasta viene seguido, de un lamento inmediato: “el mundo no la reconoció”. Es el rechazo, la oposición, es un cerrar la puerta a la luz.
Sorprende el rechazo a la luz y a la vida por parte de los hombres, incluso el de los más preparados y mejor dispuestos. La estrofa concluye con la visión gozosa de aquellos que han creído en la luz. Creer no significa dar el propio consentimiento intelectual a un conjunto de verdades sino acoger a una persona, a la sabiduría de Dios que se identifica con Jesús.
En el Himno aparece también la figura del Bautista que “da testimonio” a favor de Jesús. “Grita” a los hombres de todos los tiempos que Jesús es único.
A Dios nadie lo ha visto. Sin embargo, viendo a Jesús, es posible ver real y concretamente a Dios. Para conocer al Padre no es necesario recurrir a razonamientos filosóficos o perderse en sutiles disquisiciones. Basta contemplar a Cristo, observar lo que hace, lo que dice, lo que enseña, cómo se comporta, cómo ama, a quién prefiere, a quién frecuenta, con quién come, a quién escoge, a quién reprende, a quién defiende. Basta contemplarlo en el momento más alto de su “gloria”, cuando es alzado en la cruz. En esta suprema manifestación llena de Amor, el Padre lo ha dicho todo.
Jesús María Amatria, CMF.

