Quien quiera ser el primero, que sea servidor de todos.
La carta de Santiago nos explica de forma tan sencilla como eficaz, la causa de los conflictos en la comunidad cristiana naciente: la ambición. En efecto, nadie roba, ni asesina, ni arruina la vida ajena, si no está movido por algún tipo de ambición. El deseo de ser más fuerte que los demás, de tener más capacidad económica, de asegurarse esta vida y la otra, no son sino manifestaciones de la ambición. Las personas comienzan a ver al resto del mundo como un obstáculo a eliminar o un puente sobre el cual pasar. Pero, el problema de esas conductas propiciadas por la sociedad, radica en que se constituyen en ideales de vida, incluso en personas que se proclaman como cristianos. Santiago nos invita a confrontar esas ideas con el evangelio. La codicia de dinero, prestigio y poder nos puede conducir por un camino sin regreso y nos va alejando del cristianismo de manera irreversible, aunque vayamos a misa todos los días.
Según el relato de Marcos. El grupo de Jesús atraviesa Galilea camino de Jerusalén, sin que nadie se entere. Jesús quiere dedicarse a instruir a sus discípulos. Es muy importante lo que quiere grabar en sus corazones: su camino no es de gloria, éxito y poder. Conduce a la crucifixión y al rechazo, aunque terminará en resurrección.
Pero a los discípulos no les entra en la cabeza lo que les dice Jesús. Les da miedo hasta preguntarle. Mientras Jesús les habla de entrega y de Cruz, ellos hablan de sus ambiciones. ¿Quién será el más importante en el grupo? ¿Quién ocupará el puesto más elevado? ¿Quién recibirá más honores? ¿Nunca se acabará la lucha contra la ambición? ¿Llegarán a entender de qué se trataba este asunto del Reino?
¿De qué discutimos nosotros? Jesús «se sienta». Llama a los Doce asociados a su misión a que se acerquen, pues los ve muy distanciados de él. Y les muestra dos actitudes fundamentales.
Primera actitud: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos». Un seguidor ha de renunciar a ambiciones, rangos, honores y vanidades. En su grupo nadie debe pretender estar sobre los demás. Al contrario, ha de ocupar el último lugar, ponerse al nivel de quienes no tienen poder ni ostentan rango alguno. Han de ser como Jesús: «servidor de todos».
La segunda actitud: Pone un niño en medio de los Doce, para que aquellos hombres ambiciosos se olviden de honores y grandezas, y pongan sus ojos en los pequeños, los débiles, los más necesitados de defensa y cuidado. Luego lo abraza y les dice: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí». Quien acoge a un pequeño está acogiendo al más grande, a Jesús. Y quien acoge a Jesús está acogiendo al Padre que lo ha enviado.
¿Cómo educar al Niño? Muchos afirman que la tragedia más grave de la sociedad dominicana es la crisis de la relación educativa. Los padres cuidan a sus hijos, los maestros enseñan a sus alumnos y los catequistas enseñan el amor a Dios y al prójimo, pero se ha perdido el espíritu de la educación. Una sociedad que no sabe educar a las nuevas generaciones no conseguirá ser más humana, por muchos que sean sus avances tecnológicos y sus logros económicos. Para el desarrollo humano, los educadores son más importantes y decisivos que los políticos.
Educar no es instruir, adoctrinar, mandar, obligar, imponer o manipular. A ejemplo de Jesús, educar es acercarse al niño, con respeto y amor para ayudarle a que se despliegue en él una vida humana. El verdadero educador es el que sabe despertar toda la riqueza y las posibilidades que hay en el niño. Es el que sabe estimular y hace crecer en él, no sólo sus aptitudes físicas y mentales, también lo mejor de su mundo interior y el sentido gozoso y responsable de la vida. En la relación educativa hay además un clima de alegría, pues la alegría es siempre signo de creación. La inteligencia no puede ser estimulada sino es por la alegría. Para que haya deseo tiene que haber placer y alegría. El entusiasmo de aprender es tan necesario para los estudios como la respiración para los corredores y los nadadores.
Oración. Dios, Padre nuestro, que enviaste a tu Hijo Jesús para mostrar al mundo “que no todo está permitido” y para mostrarnos el sentido de la vida humana en un mundo estructurado sobre la injusticia y el poder; enséñanos a seguir el camino de tu Hijo Jesús, el justo perseguido, para que tu Iglesia cumpla la misión que le diste. Amén.
Padre Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

