Evangelio: Lucas 24,35-48
No olvidemos nunca que los Evangelistas pretenden transmitirnos verdades de fe. Para ello Lucas ha empleado un lenguaje concreto e imágenes materiales. Nos habla de que los discípulos se maravillan, tienen miedo, dudan. Muestra a Jesús comiendo y para que le reconozcan muestra las manos y los pies cuando a las personas las identificamos por su rostro.
Lucas afirma que los discípulos se quedaron “espantados y temblando de miedo, porque pensaban que era un fantasma y surgieron dudas en sus corazones”. Toda presencia de Dios narrada en la Biblia viene siempre acompañada por reacciones de temor por parte del hombre. También en el pasaje del Evangelio de hoy los discípulos sienten el temor pues han sido inundados por una luz que no es de este mundo, sino que viene de Dios, han tenido un encuentro con el Resucitado.
Como decíamos el domingo pasado, la incertidumbre, las dudas, la incredulidad, han caracterizado el camino lento y difícil que ha conducido a los apóstoles a la fe, con ello muestran que la fe no es un rendirse sin más ante la evidencia, sino que es la respuesta libre a una llamada. Así nos ocurre a nosotros, la Resurrección nos parece demasiado bella como para ser verdad, nos cuesta vivirla y entenderla, todo sigue igual.
Debemos así mismo aclarar la insistencia de Lucas sobre la corporeidad del Resucitado. No olvidemos que Lucas es el único evangelista de cultura griega y los cristianos a los que se dirigía estaban influidos de las ideas filosóficas griegas. Creían que después de la muerte se entraba en una nueva forma de vida, pero el cuerpo moría y sólo vivía el componente espiritual del hombre. El cuerpo material era considerado como una prisión para el alma, que aspiraba a desprenderse de la tierra y ascender al cielo. La resurrección corpórea era inconcebible y, cuando hablaban de apariciones de muertos, imaginaban siempre sombras, espíritus, fantasmas.
Para hacer aceptable la novedad de la concepción cristiana de la Resurrección a quienes estaban ligados a la cultura griega, Lucas se vio obligado a recurrir a un lenguaje muy “corpóreo”. Los discípulos han tocado al Resucitado, han comido con Él, han sido invitados a mirar su carne y sus huesos. Son afirmaciones de un realismo desconcertante. Si no se tiene presente a los destinatarios de la obra de Lucas y cuál es el objetivo que ha llevado al evangelista a expresarse de esta manera, se corre el riesgo de equiparar la resurrección de Jesús a la reanimación de su cadáver, a un regreso a la forma de vida que tenía antes.
Incluso como resucitado, el cuerpo de Jesús conserva las marcas de la entrega total de sí mismo. Dios no tiene otras manos que las de Cristo clavadas por Amor. No tiene otros pies que los de Cristo, clavados, y los muestra para decirnos que nunca podrá ya alejarse de nosotros. Es contemplando estas manos y estos pies que el hombre descubre al verdadero, único Dios.
También el cristiano debe ser reconocido por las manos y los pies. Bienaventurados aquellos que puedan mostrar a Dios sus manos y sus pies marcados por actos de amor. El anuncio de la Resurrección de Cristo es eficaz y creíble sólo si los discípulos pueden, como el Maestro, mostrar a los hombres sus manos y sus pies marcados por obras de amor.
Jesús María Amatria, CMF.

