Segundo Domingo de Adviento – Año B
BUSCA NUEVOS CAMINOS
Marcos comienza su Evangelio al anunciar: “Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” Con la primera palabra de su libro, ha querido recordar a sus lectores la primera palabra del libro de Génesis: “Al principio, Dios creó el cielo y la tierra”.
El mundo, salido bueno de las manos de Dios, se había corrompido después y los israelitas, desde hacía muchos siglos, estaban a la espera de que se cumpliera la promesa: “Yo voy a crear un cielo nuevo y una nueva tierra; de lo pasado no quedará recuerdo” (Is 65,17).
He aquí la Buena Noticia, exclama el evangelista: la nueva realidad ha surgido; pueden verificarla: en el mundo está presente el reino de Dios.
Al escoger el término Evangelio, Marcos quiere decir a sus lectores: los evangelios de los emperadores han traicionado las expectativas; la Buena Noticia que a nadie desilusiona es otra: es Jesús, Ungido del Señor, Hijo de Dios.
Después del versículo inicial, entra en escena el Bautista que invita a ponerse en camino “Preparen el camino al Señor, enderecen sus senderos” Son palabras ya oídas: son las palabras con las que, en Babilonia casi seis siglos antes, el profeta anónimo animaba a los exilados a regresar a su tierra.
Muchos siguen esta llamada invitación de Juan: dejan Judea y corren hacia él para ser bautizados. Han comprendido que es necesario repetir la experiencia del éxodo, que deben ponerse en camino para llegar a la verdadera tierra prometida.
¿Hacia qué patria quiere el Señor conducirlos? Todavía no lo saben ni conocen al nuevo Moisés que los guiará.
Atención particular da el evangelista a la vestimenta y a la comida frugal de Juan: “Llevaba un manto hecho de pelo de camello, con un cinturón de cuero a la cintura, y comía saltamontes y miel silvestre” Lo suyo era un rechazo a una sociedad corrompida y frívola que, había olvidado el sentido grandioso de lo simple, había olvidado también a su Dios.
El contenido de la predicación del Bautista era el anuncio de la venida de alguien más fuerte que él, que bautizaría con Espíritu Santo.
Bautizar significa “sumergir”. Juan hacía entrar en el agua a aquellos que acogían su invitación a la conversión. El gesto expresaba la ruptura definitiva con la conducta anterior y la decisión de llevar una vida completamente nueva. Este bautismo, sin embargo, no era suficiente: el agua del Jordán no comunicaba la vida; lavaba solamente el cuerpo. Era necesaria otra agua, una que penetrara en el hombre como una vacuna vital. El Bautista la prometía e indicaba también a Aquel que la donaría.
El agua que sumerge mata; por el contrario, la que penetra, la que es asimilada por las plantas, por los animales, por el hombre, es vida. En estas dos funciones del agua recuerdan los dos momentos de nuestro bautismo. La muerte al pasado está simbolizada por la inmersión en el agua; el don del Espíritu, por el agua viva ofrecida por Cristo: “Quien tenga sed venga a mí; y beba quien cree en mí”
- Jesús Maria Amatria CMF

