Puede resultarnos difícil comprender la razón por la que mataron a Jesús. ¿Cómo se puede llegar a ser enemigo de quien sana a los enfermos, abraza y acaricia a los niños, ama a los pobres, defiende a los débiles? Desde esta óptica, su muerte es un hecho inexplicable, solo atribuible a una misteriosa voluntad del Padre quien, para perdonar el pecado de la humanidad, necesitaba que corriera la sangre de un inocente. ¡Absurda e injusta interpretación!
Con profunda tristeza recordamos también lo absurdo de culpar de esta muerte al pueblo hebreo. Conocemos cómo a lo largo de la historia esta idea ha llevado a momentos trágicos.
Entonces, ¿por qué murió Jesús? ¿En qué sentido ha inmolado su vida por nosotros? ¿De qué esclavitud nos ha liberado entregándose a quienes lo han clavado en la cruz?
El evangelista Juan nos da la razón por la que Jesús entra en conflicto con sus contemporáneos. Nos dirá que Él aparece como Luz del mundo (cf. Jn 9,5), “La luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron” (Jn 1,5). “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo” (Jn 1,9), “y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas” (Jn 3,19). Estos últimos días en la lectura del Evangelio que la Liturgia nos propone en la Eucaristía vemos este conflicto entre Jesús y los jefes religiosos contemporáneos.
Algunos rayos de la Luz que es Jesús han rasgado la oscuridad del mundo han sido particularmente intensos. Son rayos que penetraron en el corazón de la gente sencilla, llenándola de alegría y esperanza y que, al mismo tiempo, deslumbraron, molestaron y se volvieron insoportables a los ojos turbios de quienes solo querían que nada cambiase. Hoy puede suceder lo mismo en nuestro mundo y en nuestra Iglesia.
Molesta que:
- Jesús ha presentado un nuevo rostro de Dios: Ya no es un Dios justiciero sino un Dios que salva a todos.
- Ha presentado un nuevo rostro del hombre. Ha trastocado los valores de este mundo: grande para Él no es quien gana y domina sino el que sirve a los demás.
- Ha propuesto una nueva religión: no la de ritos vacíos, sino la de “espíritu y verdad”.
- Ha propuesto una nueva sociedad en la que el “primero” es el pobre, el débil, el marginado.
Jesús no ha buscado la muerte en la cruz, Como hemos comentado es absurdo pensar en la necesidad de que corriese la sangre de su Hijo para que el Padre nos perdonase. Jesús podría haber evitado la cruz si hubiese renunciado a todas sus propuestas, si hubiese actuado adaptándose a la mentalidad corriente en su tiempo, si hubiese tenido la boca cerrada, si se hubiese resignado a pensar que el mal es castigo y el bien premio, y al final el mal es el que triunfa y así hubiese abandonado para siempre al hombre en manos del Príncipe de este mundo.
Hubiera tenido que regresar a Nazaret a dedicarse a hacer mesas y arados. Lo hubieran dejado tranquilo. No lo hubieran colgado de una cruz tal vez lo hubiesen colmado de honores. Hubiese, posiblemente, hecho carrera en la institución religiosa oficial consiguiendo aquellos “reinos de este mundo” que Satanás le había prometido desde el principio. Pero esto hubiera significado el fracaso de su misión. Hubiese significado abandonar a su suerte a todas aquellas personas que se vieron esperanzadas con su Luz.
Durante esta semana no se nos invita a entristecernos y llorar por la muerte de Jesús, sino a alegrarnos por la liberación que ha llevado a cabo entregando su vida. Podemos seguir esperando, podemos experimentar que la última palabra la tiene Dios y no el mal. Intentemos también preguntarnos: ¿Hemos entrado de verdad en la nueva realidad nacida de su sacrificio? ¿Hemos acogido su reino, asimilando el nuevo rostro de Dios, la nueva religión, el nuevo rostro del hombre y la nueva sociedad propuesta por Él?
Jesús María Amatria, CMF.

