«SALIÓ FUERZA DE ÉL… VETE EN PAZ Y CON SALUD… NIÑA, LEVÁNTATE…».
El evangelio de Marcos nos presenta hoy todo un proceso pedagógico de cómo debemos afrontar la vida y la muerte desde la fe. Son dos relatos; uno que “entretiene” a Jesús y el otro es la vuelta a la vida de alguien que se consideraba muerta. Jairo le pide a Jesús que ponga la mano a su hija enferma, y en el camino, una mujer de la multitud se empeña en poner la mano sobre la orla, con la intención de «arrancar» de Jesús, una curación para una enfermedad que le llevaba a la muerte. El poder de Cristo es manifestar la misericordia divina, la compasión y la ternura de Dios.
Existe una tentación que el evangelista quiere dejar bien claro y es en la forma de acercarse a Jesús, de creer en él como si fuera un simple curandero, y de enfrentarse a la muerte. Si la enfermedad no se ataja nos morimos, pero curar las enfermedades no soluciona el drama de la vida. La cuestión está en enfrentar la muerte en su verdadera dimensión. La mujer sufre pérdidas de sangre: una enfermedad que la obliga a vivir en un estado de discriminación e impureza ritual. Las leyes religiosas la obligan a evitar el contacto con Jesús y, sin embargo, es precisamente ese contacto el que la podría curar.
La mujer que le ha tocado el vestido a Jesús tiene que enfrentarse con él en un tú a tú, para que la fe se llene de contenido. De ella podrán aprender cómo buscar a Jesús con fe, cómo llegar a un contacto sanador con él y cómo encontrar en él la fuerza para iniciar una vida nueva, llena de paz y salud. Jesús trata a las personas que deben aceptar desde la fe a un Dios de vida. Y a esa vida no se entra sino desde la fe, desde la confianza en el Dios que nos ha creado para vivir eternamente. El verdadero significado de la muerte no se afronta con el interés de volver a esta vida, a esta historia. Debemos asumir la muerte, desde la fe, no como una tragedia, sino como la puerta de la verdadera resurrección.
A diferencia de Jairo, identificado como “jefe de la sinagoga” y hombre importante en Cafarnaún, esta mujer no es nadie. Solo sabemos que padece una enfermedad secreta, típicamente femenina, que le impide vivir de manera sana su vida de mujer, esposa y madre. Ella sufre mucho física y moralmente. Se ha arruinado buscando ayuda en los médicos, pero nadie la ha podido curar. Sin embargo, se resiste a vivir para siempre como una mujer enferma. Está sola. Nadie le ayuda a acercarse a Jesús, pero ella sabrá encontrarse con él.
Esta mujer no espera pasivamente a que Jesús se le acerque y le imponga sus manos. Ella misma lo buscará. Irá superando todos los obstáculos. La mujer no se contenta solo con ver a Jesús de lejos. Busca un contacto más directo y personal. Actúa con determinación, pero no de manera alocada. No quiere molestar a nadie. Se acerca por detrás, entre la gente, y le toca el manto.
Todo ha ocurrido en secreto, pero Jesús quiere que todos conozcan la fe grande de esta mujer. Cuando ella, asustada y temblorosa, confiesa lo que ha hecho, Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. Y es bueno que nos preguntemos en este tiempo. ¿Quién ayuda a las mujeres de nuestra amada República Dominicana en nuestros días, a encontrarse con Jesús? Es de admiración ver como las mujeres no encuentran entre nosotros la acogida, la valoración y la comprensión que encontraban en Jesús. No sabemos mirarlas como las miraba él. Sin embargo, con frecuencia, ellas son también hoy, las que con su fe en Jesús y su aliento evangélico sostienen la vida de nuestras parroquias y de nuestros grupos.
Amigos, muchas personas viven entre nosotros experiencias parecidas. Humilladas por heridas secretas que nadie conoce, sin fuerzas para confiar a alguien su «enfermedad», buscan ayuda, paz y consuelo sin saber dónde encontrarlos. Se sienten culpables cuando muchas veces solo son víctimas. Esta mujer enferma «oye hablar de Jesús» e intuye que está ante alguien que puede arrancar la «impureza» de su cuerpo y de su vida entera. Jesús no habla de dignidad o indignidad. Su mensaje habla de amor. Su persona irradia fuerza curadora.
En este tiempo de esta terrible enfermedad, muchas personas le temen a enfermarse, pero el temor más grande es tener que morir. Y, mis queridos amigos, todos tenemos que morir. Es inútil nuestro afán de vivir, nuestro deseo de no enfermar, no envejecer, de sobrevivir. Durante muchos años se puede vivir sin sentir la amenaza de la muerte, pero llega un día en que la enfermedad, el mal funcionamiento de algún órgano o la jubilación comienzan a hacernos pensar que también nosotros estamos acercándonos a nuestro final.
Y lamentablemente hoy muchos seres humanos de nuestros días siguen repitiendo los viejos caminos de siempre para eludir la certeza de su muerte. Algunos intentan vivir sin esperanza, aunque sin caer en una desesperación angustiosa. Otros se lanzan a vivir a tope lo inmediato, cerrando los ojos a todo futuro. Hay quienes viven sin tomar en serio ningún amor y ninguna esperanza, sin arriesgarse en ninguna lucha, sin ligarse a nada ni a nadie. Cada uno sigue su camino, pero nadie puede sustraerse a ciertas preguntas: ¿qué me espera en la muerte?, ¿qué va a ser de mí y de todos mis anhelos?, ¿hay algo o alguien que me espera para acoger mi deseo de vida y llevarme a una vida plena? El relato que nos presenta a Jesús devolviendo la vida a la niña que todos creen muerta, está escrito desde la fe en un Dios que, al resucitar a Jesús, nos ha revelado que sólo quiere la vida del ser humano, incluso por encima de la muerte.
No olvidemos que Dios no quiere la muerte. El ser humano, fruto del amor infinito de Dios, no ha sido pensado ni creado para terminar en la nada. La muerte no puede ser el objetivo o la intención última del proyecto de Dios sobre el hombre. Si esperamos la vida eterna es sólo porque Dios es fiel a sí mismo y fiel a su proyecto. Como dijo Jesús en una frase inolvidable: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos» (Lucas 20, 38).
Hoy traigo a mí memoria el sufrimiento oculto y la tragedia de tantas mujeres frustradas en su ser más íntimo de mujer. Mujeres perdidas en el anonimato de los hogares y las faenas caseras, cuya dedicación y entrega apenas valora nadie. Mujeres inseguras de sí mismas, atemorizadas por su propio marido, que viven culpabilizándose de sus desaciertos y depresiones, porque no encuentran el apoyo y la comprensión que necesitan. Mujeres vencidas por la soledad, cansadas ya de luchar y sufrir en silencio, que no aman ni son amadas con la ternura que su ser de mujer está pidiendo. Mujeres desgastadas y afeadas por la dureza de la vida, que descuidan su cuerpo y su feminidad porque hace mucho tiempo que nadie las mira ni las besa con amor. Mujeres que recuperarían su ser auténtico de mujer, si se encontraran con la mirada acogedora y curadora de un esposo o un verdadero amigo. Gracias Jesús por acoger a las mujeres con dignidad. Gracias Jesús porque tu pensamiento va más lejos. El hombre que sabe creer en el Dios de la vida, y acierta a confiar su existencia en el Padre, posee en sí mismo una fuerza capaz de liberarlo de lo que le deshumaniza y destruye como humanidad.
Terminemos pidiéndole a Dios: Señor, dame la fe de Jairo. Él sabía que su niña estaba muriendo, pero le dijo a Jesús. “Con solo tú ponerle las manos, mi niña sanará”. Yo te digo Señor. Pon tus manos en mi corazón y mi fe aumentará.
«Atravesando Jesús. De nuevo a la otra orilla. Mucha gente reunida. Un jefe llamado Jairo. Era de la sinagoga. Se le acercó a Jesús. Sólo lo tuvo que ver. Y se echó a sus pies. Él le rogó y le dijo. Mi niña se está muriendo. Si tú le pones las manos. Mi niña se curará. Y Jesús lo acompañó. La gente lo apretujaba. Pero pasó un milagro. Y fue a una mujer. Tenía un flujo de sangre. Y tenía padeciendo. Doce años, esa mujer. Muchos médicos la vieron. Y se ponía peor. Oyó hablar de Jesús. Se le acercó por detrás. Y pudo tocar su manto. Porque esa era su fe: “Si lo toco sanaré”. Y ella curada fue. Pero Jesús preguntaba. Sabiendo que él sabía todo. Y la mujer asustada. Le dijo “yo te toqué”. Y Jesús le contestó. “Hija, tú fe te ha salvado”. Pero llegó la noticia. Murió la hija del jefe. Que es de la sinagoga. Dijeron no lo molesten. Pero Jesús oyó todo. “Yo te digo que no temas’. Y sólo lo acompañaron. Pedro, Santiago y Juan. El hermano de Santiago. Y llegaron a la casa. Encontraron, alborotos y lamentos. Pues no tienen que llorar. La niña no está muerta. Es que sólo está dormida. Él la cogió de la mano. Y le dijo a la niña. “Levántate”. Y ella se puso de pie. Y ella echó andar. Quedaron viendo visiones. Pero Jesús les pidió. Que nadie se enterase. Dijo Jesús. Que le dieran de comer a la niña. Amén».
«Señor dame fe. Como la de Jairo. Se echó a tus pies. Y fue a rogarle. Mi hija se muere. Tú puedes tocarla. Si pone tus manos. Ella sanará. Pues sáname a mí. Amado Señor. Quiero sanidad. A mi corazón. Me entregaré entero. Pues yo lo que quiero. Que me lleves al cielo. Para estar muy cerca. De ti mi Señor. amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

