«HACE OÍR A LOS SORDOS Y HABLAR A LOS MUDOS».
Amados de Dios, cuánta falta hace el amor en la humanidad. Y vemos que cada día las personas están más dormidas, oprimidas y enfermas. Solo por no saber amar. El que ama se libera, vive, se levanta y por qué no, también se pone al servicio, el cual es un compromiso que se debe tener con los demás.
Hoy como cristianos debemos tener claro dos aspectos fundamentales en nuestra vida: La oración y el amor.
Ya que la oración es fundamental para crecer en la relación con Dios, para fortalecer la amistad y los lazos que pudieran existir. Y para acercarnos a los demás, movidos con un corazón dispuesto a la entrega de forma sincera. Y por qué no, también al amor que nos ayuda a mantenernos dispuesto`s al servicio con una entrega incondicional.
Y si amáramos y analizáramos ¿Qué cosas lograríamos si amáramos de verdad? Existirían menos guerras, destrucción, violencia, se respetaría el derecho a la vida, tendríamos familias más sanas y con más unidad. Hasta el planeta fuera más limpio. En fin, el que posee el amor lo posee todo. Donde hay amor hay confianza, perdón, diálogo, cuidado y respecto. En fin, ¿qué no se lograría con el amor?
Cuántas veces en nuestras vidas vivimos sumergidos en el ruido y no escuchamos nada, ni escuchamos a nadie. Estamos totalmente sordos para escuchar una corrección de algún hermano o incluso de Nuestro Padre Dios, y se nos hace imposible reconocer que estamos en algún error. Y es que vivimos tan acelerados, que pasamos por la vida sin darnos cuenta de que no solo estamos sordos, sino muchas veces mudos. Porque no dialogamos, sino que gritamos y solamente queremos que nuestra palabra tenga validez y eso nos hace mudos.
Qué diferente sería si nos abriéramos a la escucha de la voluntad de Dios, o incluso si fuéramos capaces de que a través de nuestros diálogos también transmitiéramos el amor. Si hiciéramos eso nuestra vida sería diferente. Nuestro ruido interior se apagaría y Dios mismo nos hablaría y nos ayudaría a saber cómo actuar, qué hacer y a saber qué decir. En definitiva, tendríamos una relación más cercana a Él, que vuelve a decirte Effetá, es decir Ábrete. Para construir puente con los demás y romper tu dureza de corazón, tú aislamiento en la familia e incluso con quienes trabajas.
Para los profetas de Israel, la sordera era como una metáfora provocativa para hablar de la cerrazón y la resistencia del pueblo a su Dios. Israel «tiene oídos pero no oye» lo que Dios le está diciendo. Por eso, un profeta llama a todos a la conversión con estas palabras: «Sordos, escuchen y oigan». En este marco, las curaciones de sordos, narradas por los evangelistas, pueden ser leídas como «relatos de conversión» que nos invitan a dejarnos curar por Jesús de sorderas y resistencias que nos impiden escuchar su llamada al seguimiento.
También que te abras a su mensaje; a ese mensaje que provoca vida, que devuelve sentido a tu vida en este momento y que incluso que te permite tener un encuentro en la eucaristía. Y con esa apertura, entre y permanezca en tu vida. Tal vez uno de los pecados más graves de los cristianos de hoy es esta sordera. No nos detenemos a escuchar el Evangelio de Jesús. No vivimos con el corazón abierto para acoger sus palabras. Por eso, no sabemos escuchar con paciencia y compasión a tantos que sufren sin recibir apenas el cariño ni la atención de nadie.
En el texto de hoy se nos presenta la curación de un sordo mudo, el cual no se puede valer por si mismo. Es signo de aislamiento, marginación y exclusión. Se vale éste de otras personas. Jesús se conmueve, lo lleva aparte invoca un poder grande, toca sus partes afectadas, éste adquiere, no solo una curación física, sino también su conversión espiritual. Ese hombre que solo se podía escuchar así mismo, no tiene diálogo y no tiene a nadie con quien contar.
Y cuántos de nosotros hoy en día nos encontramos igual, vivimos encerrados en nosotros mismos, no escuchamos nada, ni mucho menos decimos nada, arrinconados en nuestra propia seguridad, que creemos nos mantiene a salvos, cuando en realidad se va convirtiendo en jaula de auto referencia y falsa seguridad. Y pensamos que somos una entidad que solo se escucha así mismo, ésto nos convierte en los sordomudos de hoy.
Vivir dentro de la Iglesia con mentalidad «abierta» o «cerrada» puede ser una cuestión de actitud mental o de posición práctica, fruto casi siempre de la propia estructura psicológica o de la formación recibida. Si vivimos sordos al mensaje de Jesús, si no entendemos su proyecto, ni captamos su amor a los que sufren, nos encerraremos en nuestros problemas y no escucharemos los de la gente.
Y en nuestra realidad percibimos que muchas veces la paz social pende de un hilo y la crisis se agranda, donde empieza a pasar el hambre, la falta de trabajo, la escasez, la miseria, y donde se impone la cultura de la muerte. En donde muchos ya no nos acostumbramos a pensar de forma crítica. Pero la soledad más profunda se da, cuando falta la comunicación. Cuando la persona no acierta ya a comunicarse, cuando a una familia no la une casi nada, cuando las personas sólo se hablan superficialmente, cuando el individuo se aísla y rehúye todo encuentro verdadero con los demás.
Por eso se hace necesario el encuentro con Jesús que nos desinstala un poco, que nos lleva a un lugar aislado, y le vuelve hablar a nuestro corazón. Para que vuelva a la vida y nos vuelva a pedir con dulzura a abrirnos y con esto, dejar de escucharnos a nosotros mismos para empezar a escuchar a los demás. Y pedirle que también de alguna manera nos cure de la ceguera. Para que empecemos a ver las cosas de otra manera. Y así podamos no solo oír y hablar, sino también a ver. Y desterrar de nuestras vidas el temor a confiar en los demás, el retraimiento, la huida, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarse dentro de uno mismo. Este retraimiento impide crecer. La persona «se aparta» de la vida. Vive como «encogida». No toma parte en la vida porque se niega a la comunicación.
Jesús sana a quienes escuchan sus palabras y lo buscan con fe y esperanza. Lo reconocen como el salvador del mundo. Hoy te invito a abrir tu mente y tu corazón y puedas disponerte al compromiso y a la lucha de las causas justas en nuestro entorno. Porque la fe es siempre llamada a la comunicación y a la apertura. El primer paso que necesitan dar algunas personas para reavivar su vida y despertar su fe, es abrirse con más confianza a Dios y a los demás. Porque cuando no escuchan los anhelos más humanos de su corazón, cuando no se abren al amor, cuando, en definitiva, se cierran al Misterio último que los creyentes llamamos «Dios»; la persona se separa de la vida, se cierra a la gracia y ciega las fuentes que le harían vivir.
Terminemos orando.
«El mejor regalo. Es amarte Señor. Y llevarte siempre. En mi corazón. Yo te amo Señor. Con toda mi alma. Que mi vida entera. Sea para ti. Te quiero decir. Que tú eres mi vida. Envuelve mi alma. Y mi corazón. Camina Señor. Camina conmigo. Que cuando me vaya. Quiero estar contigo. Amén».
«Jesús cuánto yo te quiero. Pero tú más me has querido. Eres mi mejor amigo. Que me ha llenado de amor. Es que tú eres mi Señor. Que me escucha si te pido. Quiero andar siempre contigo. Padre de mi corazón. Amén».
«Todo lo que hable. Que sea en tu nombre. Y sean palabras. Salidas del alma. Con todo el amor. Que tú te mereces. Solo tú eres bueno. Y estas en el cielo. Amado Señor. Amén».
«Qué bueno es confiar. En ti mi Señor. Contando contigo. Podemos vencer. Todo lo que venga. Tú eres la fuerza. No hay nadie. Que pueda tenerla. Solo tú Señor. Que estas en el cielo. Con tus ojos bellos. Miras a tus hijos. Qué amor tan grande. Les tiene su Padre. Y los espero en el cielo. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

