COMO EL PADRE ME HA ENVIADO, ASÍ TAMBIÉN LES ENVÍO YO. RECIBAN EL ESPÍRITU SANTO.
Queridos amigos, el evangelista Juan ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad llenando a todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no los ha convocado sólo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el mundo.
Es por esta razón que hoy el Señor nos invita a poner la mirada en él, para vencer los miedos e inseguridades en nuestros días. Ese miedo que genera angustia roba la paz, quita la alegría, incluso arranca la capacidad de soñar un tiempo nuevo. Eso hoy nos podría estar pasando a nosotros, como les pasó a los primeros discípulos, quienes no confiaron plenamente en la Palabra de Dios.
Ellos habían olvidado las promesas del Maestro de que no los dejaría huérfanos. Por eso es por lo que Jesús aparece trayéndoles paz, demostrándoles que él está vivo, que ha resucitado. Y es él quien viene también en este día de pentecostés, a traer a tu vida la paz y el amor. Y vino para que hoy tú tengas ese encuentro con él, y que tú, al recibirle, transformes tu vida en alegría y entusiasmo y que puedas transmitirla a tus hermanos.
Hoy también se nos invita a tener fe y confianza. Porque el Maestro quiere que tú lo aceptes y que vivas tu encuentro de una forma diferente. Con esta fe confiada y autentica en el que ha obtenido la victoria sobre el pecado y la muerte. Hoy se te hace un llamado a experimentar ese encuentro personal y comunitario con el resucitado, a dejarnos tocar por la vida que él nos da a través de su amor, y que este invada nuestro corazón, nuestra mente y todo nuestro ser.
No olvidemos, Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él. Queridos amigos, ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.
Pero sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Y por eso: «Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Reciban el Espíritu Santo». El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro, alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.
En medio de esta gran crisis existencial provocado por esta pandemia, somos creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro, fieles de barro, familias de barro; en fin, una humanidad de barro. Sólo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido quedan «muertas». Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar la presencia viva de Jesús. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar sólo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No sólo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él.
Necesitamos, queridos hermanos, en nuestra querida parroquia Claret, abrir el corazón. Porque cuando nuestro corazón está «cerrado», nuestros ojos no ven, nuestros oídos no oyen. Vivimos separados de la vida, desconectados. El mundo y las personas están «ahí fuera» y yo estoy «aquí dentro». Una frontera invisible nos separa del Espíritu de Dios que lo alienta todo; es imposible sentir la vida como la sentía Jesús. Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a captarlo todo a la luz de Dios.
Necesitamos abrir el corazón. Porque sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a intuir a ese Dios «en quien vivimos, nos movemos y existimos». Sólo entonces comenzamos a invocarlo como «Padre», con el mismo Espíritu de Jesús. También empezamos a intuir con qué ternura y compasión mira Dios a las personas. Sólo entonces escuchamos la principal llamada de Jesús: «Sean compasivos como su Padre».
Y hoy, día de pentecostés, necesitamos escuchar las palabras del apóstol Pablo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». Hermanos, lo decisivo es abrir nuestro corazón. Por eso, nuestra primera invocación al Espíritu ha de ser ésta: «Danos un corazón nuevo, un corazón de carne, sensible y compasivo, un corazón transformado por Jesús».
Amigos, hoy necesitamos sentir a Jesús como alguien que nos libera en lo más profundo del corazón. Alguien que nos da fuerza interior para cambiar, y nos dice una y otra vez: «Tu fe te está salvando». Porque Jesús es alguien vivo y cercano. Sentir su Espíritu que sostiene y anima nuestra vida, captar en esa experiencia la cercanía absoluta de Dios y hacer de esa cercanía algo central en nuestra manera de vivir la fe.
De Jesús aprendemos algunas actitudes básicas: una sensibilidad especial hacia los que sufren, una búsqueda práctica de justicia en las cosas grandes y en las pequeñas, una voluntad sincera de paz para todos, una capacidad cada vez mayor de hacer el bien gratis, una esperanza última para todo lo bueno que hoy nos resulta inalcanzable. Sabiendo, que acoger al Espíritu Santo es vivir con la alegría y el dinamismo interior de Jesús.
Y hablar del «Espíritu Santo» es hablar de lo que podemos experimentar de Dios en nosotros. El «Espíritu» es Dios actuando en nuestra vida: la fuerza, la luz, el aliento, la paz, el consuelo, el fuego que podemos experimentar en nosotros y cuyo origen último está en Dios, fuente de toda vida. El signo más claro de la acción del Espíritu es la vida. Dios está allí donde la vida se despierta y crece, donde se comunica y expande. El Espíritu Santo siempre es «dador de vida»: dilata el corazón, resucita lo que está muerto en nosotros, despierta lo dormido, pone en movimiento lo que había quedado bloqueado. Y en este tiempo es necesario lo que les hace amar la vida a pesar de todo, enfrentarse a los problemas con ánimo, buscar siempre lo bueno para todos. Nadie vive privado del Espíritu de Dios.
Hoy te animo a vivir la experiencia del Espíritu que lleva a defender a los débiles, acompañar a los solos, acoger a los indefensos, curar a los enfermos, aliviar a los tristes, alentar a los desesperanzados. Esa fue la experiencia de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres» (Lucas 4, 18). Como dice el gran teólogo K. Rahner, todo hombre “posee, en lo más profundo de sí mismo, un dinamismo espiritual”. Cuando trabaja y lucha, cuando ama, goza o sufre, cuando vive y cuando muere, no lo hace solo, sino acompañado por la presencia amorosa del Espíritu de Dios. Porque si sabemos abrirnos camino hacia nuestro interior y escuchar la acción del Espíritu que nos llama desde dentro, hoy puede ser realmente para nosotros, Pentecostés.
Terminemos orando con el mismo texto: «El primer día de la semana. Y fue al anochecer. Pues con las puertas cerradas. Allí estaban los discípulos. Y estando en una casa. Tenían las puertas cerradas. Por miedo a los judíos. Y cuando entró Jesús. Se puso en medio de ellos. Les dijo: paz a ustedes. Él les enseñó las manos y el costado. Pero entonces los discípulos. Se llenaron al ver al Señor. Todos llenos de alegría. Como me envió el Padre. Así los envío a ustedes. Cuando terminó de hablar. Sobre ellos él sopló. A quienes se le perdonen los pecados. Les quedaran perdonados. Pero a quien se lo retengan. Les quedan retenidos. Amén».
«Todos tus pecados. Tráemelos, hijo/a mío/a. Tu Padre del cielo. Te perdonaría. Cuéntale a tu Dios. Dile que te pasa. Pues Dios lo que quiere. Es darte un abrazo. Se siente feliz. Porque te has humillado. Pediste perdón. Dios te ha perdonado. En tu corazón. Hijo de mi alma. No quedó pecado. El Dios de los cielos. Te ha perdonado. Y te quedarás. Hijo/a para siempre. Aquí a mi lado. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

