SUBIÓ AL CIELO Y SE SENTÓ A LA DERECHA DE DIOS
Hoy celebramos la fiesta de la ascensión. Jesús acaba su vida terrena y vuelve al Padre. Es la fe que profesamos cada domingo: «subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre». Estar junto al Padre es estar en el amor del Padre. Desde el día de la Ascensión, los seguidores de Jesús conocemos que nuestra meta final es estar donde está Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Y celebrar esta fiesta es reconocer que cada uno de nosotros tiene un lugar en el corazón de Dios, en una existencia nueva, plena y feliz. Que tiene a Dios en plenitud y vive su amor.
En esta fiesta celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; el triunfo de todo lo que nos eleva como seres humanos, sobre lo que nos deshumaniza. Es la fiesta de la superación humana, el triunfo de todo lo positivo. Es celebrar una vida plena en la que se realicen todos los sueños humanos de felicidad, vida, amor y armonía. Claro está hermanos, sin olvidarnos que el único camino que tenemos para llegar al cielo es la tierra.
El evangelista Marcos describe la misión que Jesús confía a sus seguidores, diciendo que al «Proclamar el evangelio a toda la creación», lo primero es creer en la fuerza regeneradora del Evangelio. Sabiendo que vivir la fe no es por obligación, sino por atracción. Esto hace vivir la vida cristiana, no como deber, sino como irradiación y contagio. Necesitamos volver al Evangelio como un nuevo comienzo. Necesitamos volver a la fuente la cual es Jesús. Necesitamos vivir desde la confianza absoluta en la acción de Dios. Porque Dios sigue trabajando con amor infinito el corazón y la conciencia de todos sus hijos.
Hoy es un buen día para preguntarnos lo siguiente: ¿Qué llamadas nos está haciendo Dios para transformar nuestra forma tradicional de pensar, expresar, celebrar y encarnar la fe cristiana, de manera que propiciemos la acción de Dios en el interior de la cultura, en medio de esta pandemia? De algo podremos estar seguros y es que nadie sabe cómo será la fe cristiana en el mundo nuevo después que termine esta gran enfermedad.
Es necesario recuperar la fuerza que tiene el Evangelio. «Buena noticia» es algo que, en medio de tantas experiencias malas, trae a la vida de la gente una esperanza nueva. Las «buenas noticias» aportan luz, dan fuerza, traen paz, despiertan la alegría, dan un sentido nuevo a todo, animan a vivir de manera más abierta y fraterna. Pues en Jesús está la «salvación» de la humanidad, la «redención» del mundo, la «liberación» definitiva de nuestra esclavitud, la «divinización» del ser humano.
No olvidemos las acciones de Jesús. Todo lo que él decía les hacía bien: les quitaba el miedo a Dios, les hacía sentir su misericordia, les ayudaba a vivir comprendidos y perdonados. Toda su manera de ser era algo bueno para todos: era compasivo y cercano, acogía a los más olvidados, abrazaba a los más pequeños, bendecía a los enfermos, se fijaba en los últimos. Toda su actuación introducía en la vida de las personas algo bueno: salud, perdón, verdad, fuerza interior, esperanza. Todos estamos necesitados de encontrarnos con él.
Esta confianza puede darle otro tono a nuestra manera de mirar el mundo y de vivir las cosas grandes y pequeñas. Al mismo tiempo, puede ayudamos a vivir estos tiempos con paciencia y paz, sin caer en el fatalismo y sin desesperar del evangelio. Hemos de sanear nuestras vidas eliminando aquello que nos vacía de esperanza. Cuando nos dejamos dominar por el desencanto, el pesimismo o la resignación, nos incapacitamos para transformar el mundo. Y los primeros cristianos nos han dado testimonio. Es decir, que la esperanza sólo se la merecen los que caminan tras los pasos de Jesús.
Queridos amigos, ir al cielo no es llegar a un lugar sino entrar para siempre en el Misterio del amor de Dios. Por fin, Dios ya no será alguien oculto e inaccesible. Aunque nos parezca increíble, podremos conocer, tocar, gustar y disfrutar de su ser más íntimo, de su verdad más honda, de su bondad y belleza infinitas. Pero esta comunión con Dios no será una experiencia individual y solitaria de cada uno con su Dios. Nadie va al Padre si no es por medio de Cristo. «En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y de él reciben ustedes su plenitud. Él es la cabeza de todo mando y potestad». (Col 2, 9-10). Es decir, sólo conociendo y disfrutando del misterio encerrado en este hombre único e incomparable, penetraremos en el misterio insondable de Dios. Cristo será nuestro «cielo». Viéndole a él «veremos» a Dios.
Amigos, pero no será Cristo el único mediador de nuestra felicidad eterna. Encendidos por el amor de Dios, todos y cada uno de nosotros nos convertiremos, a nuestra manera, en «cielo» para los demás. Como lo afirmaba el teólogo L. Boros. «Sentiremos el calor, experimentaremos el esplendor, la vitalidad, la riqueza desbordante de la persona que hoy amamos, con la que disfrutamos y por la que agradecemos a Dios. Todo su ser, la hondura de su alma, la grandeza de su corazón, la creatividad, la amplitud, la excitación de su reacción amorosa nos serán regalados». Qué plenitud alcanzará en Dios la ternura, la comunión y el gozo del amor y la amistad que hemos conocido aquí. Con qué intensidad nos amaremos entonces, quienes nos amamos ya tanto en la tierra.
Estando por la ciudad de San Pablo en Brasil en el 2008, me encontré con algunos libros del poeta portugués Fernando Pessoa: y quiero compartir este fragmento que me pareció muy interesante. «Aunque yo haya muerto, la primavera llegará, las flores florecerán como siempre, y los árboles reverdecerán como en años anteriores. La realidad no tiene necesidad de mí. Y yo siento una alegría inmensa al pensar que mi muerte es del todo insignificante». El poeta parece sentir una alegría grande porque el mundo sigue y «la realidad no siente necesidad de él», pero su poesía, ¿es una poesía alegre?
Queridos hermanos, la muerte es parte de la vida y deberíamos aceptarla como un proceso biológico natural. Un día yo no estaré, y todo seguirá como siempre. Y como lo he repetido en muchas ocasiones, las mejores palabras al finalizar nuestra misión aquí en la tierra serian: «Nada tengo, nada me llevo, solo llevo a Cristo en mi corazón». Pues dirán que pronto sucederá que nadie sabrá ni hablará de ti o de mí. Otros vivirán en estos lugares, y nadie nos echará en falta. Hay algo que no se puede olvidar. La muerte no es solo una extinción biológica. En la muerte se produce una «separación» irrevocable y definitiva, incluso entre las personas más entrañablemente unidas por el amor o la amistad.
Para nosotros los cristianos la muerte no puede producir la separación entre Dios y sus amigos. La amistad con Dios es una amistad eterna. Quien muere en amistad con Dios, no queda separado de él, pues su amor es más fuerte que la muerte. Sin olvidar que el amor de Dios construye «la casa eterna» en que habitaremos para siempre. Es ese amor de Dios Padre el que nos unirá de nuevo a quienes el poder de la muerte nos separa y destruye. La fiesta de la Ascensión es una invitación a recordar «la casa del Padre» y a escuchar con fe las palabras de Jesús: «En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar» (Jn 14, 2).
La Ascensión nos recuerda que vivimos “el tiempo del Espíritu”, tiempo de creatividad y crecimiento responsable, ya que el Espíritu no nos da nunca recetas concretas para los problemas. Sin embargo, cuando lo acogemos, nos hace capaces de ir buscando caminos nuevos. Para quien no espera nada al final, los logros, los gozos, los éxitos de la vida, son tristes porque se acaban. Para quien cree que esta vida está secretamente abierta a la vida definitiva, los logros, los trabajos los sufrimientos y gozos, son anhelo, anuncio, búsqueda de la Felicidad final en la patria eterna. Señor, por tu poder y tu gracia, que yo pueda llegar al cielo a disfrutar de la vida eterna.
Terminemos orando, pidiendo la gracia de una de esas habitaciones: «Señor yo quisiera entrar. A esa hermosa morada. Que tú tienes preparada. A tus hijos de la tierra. Pues Dios quiere que tu entres. Y goces toda la vida. Junto con Dios en el cielo. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

