DÉCIMO QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C
La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en algo frío sin calor humano, donde no importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.
En este contexto nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes. Jesús nos muestra cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer, no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscar el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de los que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos. Y nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.
La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas. Es una constante interpelación para hoy.
El texto se inicia con una pregunta de un maestro de la ley sobre lo que hay que hacer para ganar la vida eterna. Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado mismo busque la respuesta en la ley… El letrado, citando de memoria Dt 6,5 y Lv 19,18, hace una síntesis del sentido, frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos, que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo… Jesús aprueba la respuesta.
El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos, únicamente para los israelitas… Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.
Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v. 30) anónimo que es víctima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v. 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v. 31) y un levita (v.
32), dos rangos del poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.
La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino, no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en la inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, prestarle cualquier atención al hombre caído, porque les impediría a estos representantes del culto oficial, poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no tiene ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido y necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.
Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar, no solo el compatriota, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado, nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo momento, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo.
Fuente: servicioskoinonia.org

