DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A
Evangelio: Mateo 10, 37-42
la Liturgia de este XIII domingo nos presenta un mensaje muy aplicable a nuestra vida diaria. Se nos habla de hospitalidad, de vida nueva en Cristo y de la radicalidad del seguimiento.
La primera lectura presenta a la mujer de Sunem que acoge al profeta Eliseo. Su generosidad recibe la bendición de un hijo. La apertura y el servicio a los demás generan fecundidad espiritual.
Y centrándonos en el Evangelio de hoy, se nos ofrece el pasaje final del segundo de los cinco discursos que Jesús nos ofrece en el Evangelio de Mateo. Discurso llamado apostólico y en él se desarrollan los temas relacionados con el envío de los discípulos a la misión.
En la primera parte del texto, se presentan las exigencias del discipulado con toda su severidad. Para seguir al Maestro se requieren renuncias radicales e inéditas. Para colmo, cada una de ellas va acompañada de una declaración severa y drástica, marcada como un estribillo: “¡No es digno de mí!”. Incluso, Jesús, exige a sus discípulos un alejamiento radical incluso de los afectos más íntimos y naturales, como el amor a los padres y a los hijos. Se nos exige poner a Jesús en el centro, incluso por encima de los afectos familiares. No se trata de despreciar a los padres o hijos, sino de purificar esos amores en el amor mayor a Dios.
Somos conscientes que Jesús no pretende negar la Torá de Moisés, que nos manda honrar a padre y madre. Ha recalcado repetidamente este mandamiento. Sin embargo, es consciente de que vino “para que muchos en Israel caigan y se levanten, señal de contradicción; y una espada traspasará tu propia alma, para que de muchos corazones se manifiesten los pensamientos” Dirá Simeón a María. Jesús es consciente que su Palabra provocará malentendidos, desacuerdos y tensiones dentro de las mismas familias.
Mateo escribió su Evangelio en tiempos de persecución. Los discípulos a menudo habían experimentado la ruptura de sus lazos con las personas más importantes para permanecer fieles a Cristo. Los rabinos habían decidido expulsar de la sinagoga y excluir del pueblo elegido a quienes consideraban a Jesús el Mesías. Ordenaron que aquellos que profesaban la fe cristiana, considerados herejes, fueran repudiados por sus familias. Las consecuencias de esta exclusión fueron graves y dolorosas, tanto a nivel emocional como social y económico.
Jesús exige a sus discípulos el valor de permanecer sin apoyo, sin protección y sin seguridad material por amor a su Evangelio. Luego, continúa con otra petición aún más dramática, la disposición no solo a perderlo todo, sino también a entregar la vida. La imagen de la cruz alude a las consecuencias inevitables para quienes desean vivir según los preceptos del Evangelio al estilo del el Maestro. La cruz supone sufrir la hostilidad del mundo. Aunque no se trate de martirio, se debe vivir con constante y generosa entrega. Seguir a Cristo implica asumir la cruz, es decir, aceptar las dificultades y renuncias como parte del camino de discipulado. “El que pierda su vida por mí, la encontrará”.
La segunda parte del pasaje es una promesa extraordinaria para quienes reciben a los predicadores del Evangelio. Como nos enseña la Primera Lectura, quien recibe al profeta como profeta, recibirá la recompensa de un profeta. Incluso un simple gesto de amor, como ofrecer un vaso de agua fría a un discípulo, aunque pequeño, sin importancia ni prestigio, no quedará sin recompensa.
¡Si pierdes tu vida por mí, la encontrarás!
Jesús María Amatria, CMF.

