El evangelista Juan adelanta Pentecostés, de forma que la donación del Espíritu Santo es el fruto capital de la muerte y resurrección de Jesús. Jesús entregó su Espíritu al morir (Jn 19, 30), y lo vuelve a entregar cuando resucitó (Jn 20, 22). El sufrimiento transmite “espíritu” y “Espíritu”. Donde hay seres humanos con espíritu, es que en ellos actúa el Espíritu de Dios. El Espíritu está presente en el sufrimiento y en la felicidad. Jesús da, con el Espíritu, el poder de “perdonar los pecados”.
El caso de Tomás trata de la relación entre “ver” y creer”. Tomás exige “ver” y “tocar” (Jn 20, 25). ¿Qué vio Tomás? Heridas de sufrimiento y muerte. Heridas transformadas en humanidad glorificada. El día que vivamos de manera que la gente vea en los creyentes las huellas del sufrimiento por los demás, y la humanidad que genera el sufrimiento aceptado libremente hasta la muerte, ese día la respuesta será como la de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Así se humanizará este mundo.
¿Qué ha experimentado este discípulo en Jesús resucitado? ¿Qué es lo que ha transformado al hombre hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Qué lo ha llevado del escepticismo hasta la confianza? ¿Por qué no enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte, confiando en el Amor como última Realidad de todo?
Abrir las puertas. “Con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Sin su presencia viva, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que viven encerrados por miedo.
Con las «puertas cerradas» no se puede escuchar lo que sucede fuera. No es posible captar la acción del Espíritu en nuestra sociedad dominicana. No se abren espacios de encuentro y diálogo con nadie. Se apaga la confianza en el ser humano y crecen los recelos y prejuicios. Una Iglesia sin capacidad de dialogar es una tragedia, pues los seguidores de Jesús estamos llamados a actualizar hoy el eterno diálogo de Dios con el ser humano.
El «miedo» puede paralizar la evangelización y bloquear nuestras mejores energías. El miedo nos lleva a rechazar y condenar. Con miedo no es posible amar al mundo. Y si no lo amamos, no lo estamos mirando como lo mira Dios. Y, si no lo miramos con los ojos de Dios, ¿cómo comunicaremos su Buena Noticia?
Si vivimos con las puertas cerradas, las del Claret, las de nuestras familias y de nuestro corazón, ¿quién dejará el redil para buscar a las ovejas perdidas? ¿Quién se atreverá a tocar a algún leproso excluido? ¿Quién se sentará a la mesa con pecadores o prostitutas? ¿Quién se acercará a los olvidados por la religión? Los que quieran buscar al Dios de Jesús, se encontrarán con nuestras puertas cerradas.
Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado, a través de las tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro de nuestras familias, iglesias, grupos y comunidades. Que sólo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.
Ya no tenemos el poder de otros tiempos. Sentimos la hostilidad y el rechazo en nuestro entorno, por algunos líderes políticos. Somos frágiles. Necesitamos más que nunca abrirnos al aliento del resucitado y acoger su Espíritu Santo. Necesitamos más alegría en nuestra vida: ¿Dónde está hoy esa alegría en una Iglesia, a veces tan cansada, tan seria, tan poco dada a la sonrisa, con tan poco humor y humildad para reconocer sus errores y limitaciones? ¿Dónde está esa paz en una Iglesia tan llena de miedos, tan obsesionada por sus propios problemas, buscando casi siempre su propia defensa antes que la felicidad de la gente?
Si no vivimos del Resucitado, ¿quién va a llenar nuestro corazón, dónde se va a alimentar nuestra alegría? Y, si falta la alegría que brota de él, ¿quién comunicará algo «nuevo y bueno» a quienes dudan?, ¿quién enseñará a creer de manera más viva?, ¿quién contagiará esperanza a los que sufren?
Hermanos, quien recibe el don de la paz y de la alegría que da el Señor Resucitado, queda libre de todo miedo y ansiedad. Que la gracia del Espíritu que resucitó a Jesucristo de entre muertos esté con todas sus familias y proyectos.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

