Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido, en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a “proclamar la liberación de los cautivos […] y dar libertad a los oprimidos”. Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.
El episodio es indignante. No tanto por el adulterio de la mujer, sino sobre todo por el cinismo y la hipocresía de los hombres que la acusan. Como es lógico, en aquel adulterio, tenía que haber, no solo una “adultera”, sino además (y con ella) un “adúltero”. Los acusadores basan su acusación en la ley de Moisés, que dice esto: si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte (Lev 20, 10). Posiblemente el adúltero fuera uno los que se fueron escabullendo (Jn 8, 9).
Jesús no condena a la mujer. Jesús despenaliza el adulterio. Y más aún: Jesús desenmascara la hipocresía de los “profesionales de la religión”, un colectivo en el que abundan los censores sin piedad, cuando se trata de los pecados y delitos de los demás, al tiempo que ocultan, con descarada desvergüenza, esos mismos pecados y delitos cuando lo comete el mundo religioso. Esto pasaba en tiempo de Jesús. Y sigue pasando ahora.
La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer, angustiada; la gente, expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos, atemorizada. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya? Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.
Ante su gran insistencia, Jesús se incorpora y les dice: “Aquel de ustedes que no tenga pecado puede tirarle la primera piedra”. ¿Quiénes de ustedes pueden condenar a muerte a esa mujer, olvidándose de sus propios pecados, de su necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?
El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.
El Credo nos invita a «creer en el perdón de los pecados». No es tan fácil. Afirmamos que Dios es perdón insondable, pero luego proyectamos constantemente sobre él nuestros miedos, fantasmas y resentimientos oscureciendo su amor infinito y convirtiendo a Dios en un ser justiciero, del que hay que defenderse. Hemos de liberar a Dios de los malentendidos con los que deformamos su verdadero rostro. En Dios no hay ni sombra de egoísmo, resentimiento o venganza. Dios está siempre volcado sobre nosotros, apoyándonos en ese esfuerzo moral que debemos hacer para construirnos como personas. Y ahora que hemos pecado, sigue ahí como «mano tendida» que quiere sacarnos del fracaso.
Dios sólo es perdón y apoyo aunque, bajo el peso de la culpabilidad, nosotros lo convirtamos a veces en juez condenador, más preocupado por su honor que por nuestro bien. La escena evangélica es clarificadora. Todos quieren «echar piedras» sobre la adúltera, todos menos Jesús. Todos quieren convertir a Jesús en «juez condenador», pero él, lleno de Dios, reacciona de manera sorprendente: «No te condeno. Anda y, en adelante, no peques más». ¿Puedo ser capaz de asumir la actitud del Señor, de no juzgar ni condenar los demás?
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

