Jesús ha insistido de muchas maneras en la idea de que Dios es un Padre, cuya bondad los hombres no llegamos a sospechar. Ha utilizado toda clase de gestos, parábolas y recursos para despertar en los hombres una confianza radical en Dios Padre.
Todo el capítulo quince del evangelio de Lucas está dedicado a explicar la actitud y el comportamiento de Dios ante “los perdidos”, en tres ejemplos: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. La idea central de todo el capítulo es que el Padre de Jesús no ve a los pecadores como “perversos” sino como “extraviados”, es decir, como algo muy querido que se extravía. Algo que se quiere tanto, que se abraza, se besa, se festeja, cuando es encontrado. El Dios de Jesús no juzga, no rechaza, no censura ni echa en cara a nadie. El Padre, que nos revela Jesús, siempre comprende, acoge y se alegra, sea cual sea el extravío del perdido.
En la vida no es difícil terminar con la sensación de estar perdido. Tarde o temprano, el desencanto, el fracaso, la decepción puede penetrar hasta el fondo de nuestro corazón. Cuantos hombres y mujeres, jóvenes o adultos se sienten acabados, sin ilusión alguna. Perdidos. Solos. Son muchos los que secretamente se sienten roídos por el propio pecado. Con la sensación de haber cometido muchas equivocaciones y de haber gastado las mejores energías de la vida al servicio de ideales muy ruines.
Hay algo que los creyentes no deberíamos olvidar nunca. Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, «siempre hay salida». Cuando nos encontramos perdidos, una cosa es segura: Dios nos está buscando.
Puede ser el momento de encontrarnos con ese Dios que anda tras los hombres perdidos. Quizás lo que necesitamos es más silencio. Sólo en el silencio podremos de nuevo encontrarnos con Dios, llorar nuestra vida y renacer de nuevo. Sin silencio nadie puede sentir el alma. Nuestra sociedad dominicana no favorece el silencio. El ruido, la agitación, las prisas nos aturden. Comencemos hermanos a estar sedientos de silencio para buscar a Dios.
El hijo menor de la parábola le dice a su padre: «dame la parte que me toca de la herencia». Al reclamarla, está pidiendo de alguna manera la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras. No será feliz hasta que su padre desaparezca. El padre accede a su deseo sin decir palabra: el hijo ha de elegir libremente su camino. ¿No es ésta la situación actual? Muchos quieren hoy verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. Dios ha de desaparecer de la sociedad y de las conciencias. Y, lo mismo que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie
El hijo se marcha a «un país lejano». Necesita vivir en otro país, lejos de su padre y de su familia. El padre lo ve partir, pero no lo abandona; su corazón de padre lo acompaña; cada mañana lo estará esperando. La sociedad dominicana se aleja más y más de Dios, de su autoridad, de su recuerdo… ¿No está Dios acompañándonos mientras lo vamos perdiendo de vista?
Pronto el hijo se instala en una «vida desordenada». El término original no solo sugiere un desorden moral sino una existencia insana, desquiciada, caótica. Al poco tiempo, su aventura empieza a convertirse en drama. Sobreviene un «hambre terrible» y sólo sobrevive cuidando cerdos como esclavo de un extraño. Sus palabras revelan su tragedia: «Yo aquí me muero de hambre». El vacío interior y el hambre de amor pueden ser los primeros signos de nuestra lejanía de Dios. No es fácil el camino de la libertad. ¿Qué nos falta? ¿Qué podría llenar nuestro corazón? Lo tenemos casi todo, ¿por qué sentimos tanta hambre?
El joven «entró dentro de sí mismo» y ahondando en su propio vacío, recordó el rostro de su padre asociado a la abundancia de pan: en casa de mi padre «tienen pan» y aquí «yo me muero de hambre». En su interior se despierta el deseo de una nueva libertad junto a su padre. Reconoce su error y toma una decisión: «Me pondré en camino y volveré a mi padre». ¿Nos pondremos en camino hacia Dios nuestro Padre? Recordemos a Jesús, como se hizo amigo de los pecadores y perdidos, como convivió con ellos y con ellos compartió mesa y mantel. Como abrió tantos horizontes de esperanza y de bondad.
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

