…Ten Compasión de este Pecador.
Según Lucas, Jesús dirige la parábola del fariseo y el publicano, a algunos que presumen de ser justos ante Dios y desprecian a los demás. Los dos protagonistas que suben al templo a orar representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables.
El fariseo juzga, condena, clasifica. El siempre está entre los que poseen la verdad y tienen las manos limpias. El fariseo no cambia, no se arrepiente de nada, no se corrige. No se siente cómplice de ninguna injusticia. Por eso, exige siempre a los demás cambiar, renovarse y ser más justos. El publicano no ha podido presentar a Dios ningún mérito, pero ha hecho lo más importante: acogerse a su misericordia. Vuelve a casa trasformado, bendecido, «justificado» por Dios.
A veces, los cristianos pensamos que «no somos como los demás». La sociedad dominicana tiene tal poder sobre sus miembros, que termina por someter a casi todos a su orden y servicio. Absorbe a las personas mediante ocupaciones, proyectos y expectativas, pero no para elevarlas a una vida más noble y digna. Por esta razón el hombre se va haciendo cada vez más indiferente a “lo importante” de la vida. Son muchos los que viven sin certezas ni convicciones profundas, cargadas de tópicos, interesados por muchas cosas, pero sin “núcleo interior”. Es fácil que la fe se les vaya apagando lentamente en el corazón.
Puede ser éste uno de nuestros grandes errores. Nos preocuparnos de mil cosas y no sabemos cuidar lo importante: el amor, la alegría interior, la esperanza, la paz de la conciencia. Lo mismo sucede con la fe; no sabemos estimarla, cuidarla y alimentarla. Pero, ¿cómo reaccionar cuando la fe no se alimenta, y se va apagando?
Es necesario «tomar distancia» y atrevemos a mirar de frente nuestra vida con sus rutinas, su frágil equilibrio y su mediocridad. Escuchar el sordo rumor de necesidades insatisfechas y deseos contradictorios. Sólo un cierto distanciamiento permite lograr una nueva perspectiva de las cosas y abordar nuestra vida con más verdad. Es necesario saber plantearse cuestiones que afectan a la propia vida en su totalidad: «Yo, en definitiva, ¿qué ando buscando?, ¿por qué no logro la paz interior?, ¿en qué tengo que acertar para vivir de manera más sana?». Es necesario reaccionar. Tomar una decisión personal y consciente. «¿Qué quiero hacer con mi vida?, ¿qué puedo hacer con mi fe?, ¿sigo «tirando» como hasta ahora?, ¿me abro confiadamente a Dios?».
El modelo de persona, que representa el fariseo, sigue existiendo ahora, como existía en tiempo de Jesús. Sin temor a equivocarme diría que todos llevamos incorporado en nuestra intimidad un buen fariseo. Un fariseo que tendríamos que matarlo. Y es necesario preguntarnos: ¿Qué puede hacer una persona que ha vivido de prácticas religiosas y quiere ahora comunicarse con Dios de manera más viva, sin limitarse a «rezar sus oraciones»? ¿Qué puede hacer quien lleva algún tiempo alejado de todo, pero comienza a sentir la inquietud por Dios? ¿Es posible recuperar la oración?
El primer paso es el deseo de encontrarse con Dios. Un deseo débil y tal vez impreciso. O un deseo poderoso y fuerte. Poco importa. Si la persona siente ese deseo en su interior, ya está orando. Mejor dicho, el Espíritu de Dios está orando en ella. En el fondo, orar no es más que prestar atención a ese deseo de Dios que hay en nosotros. A veces, puede parecer que la fe de una persona está muerta para siempre. No es así. En cualquier momento se puede despertar.
En segundo lugar, es importante buscar la comunicación con Dios dirigiéndonos a Él directamente. Al principio nos podemos sentir un poco extraños, pues nunca lo hemos hecho, o hemos perdido la costumbre. No importa. Carlos de Foucauld decía que orar es «hablar con Dios amándolo». Es difícil decirlo mejor.
En tercer lugar, hay que recordar que la oración sincera se alimenta de la vida, de los acontecimientos que nos ocurren, de las experiencias que vivimos. No se reza de la misma forma cuando uno está triste y abatido, cuando vive a gusto y con paz, cuando necesita sentirse perdonado o cuando está deprimido y harto de todo. En los salmos encontramos muchos ejemplos: «Dios mío, ¿por qué te escondes en las horas de angustia? Trátame bien, con la ternura de tu bondad.» «Señor Tú sí que eres bueno. Toda mi vida te bendeciré.» «Mírame, oh Dios, que estoy solo y afligido.» «Señor, limpia mi pecado, renuévame por dentro, devuélveme la alegría de tu salvación.»
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

