DECIMOQUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A
Evangelio: Mateo 13:1-23
Jesús fue un gran pedagogo, usaba un lenguaje sencillo, incluso en situaciones difíciles. Recurría a comparaciones e imágenes. Contaba historias ambientadas en la vida de pastores, pescadores, comerciantes, recaudadores de impuestos y, sobre todo, de agricultores entre quienes nació y creció.
El pasaje del Evangelio que nos propone la Liturgia se divide claramente en tres partes. La primera consiste en la parábola. La segunda contiene algunas palabras de Jesús que no son fáciles de interpretar. Parecen implicar que no desea que sus oyentes se conviertan. La tercera es una aplicación de la parábola a la vida de la comunidad.
El comportamiento del agricultor de la parábola es sorprendente. Parece actuar imprudentemente. Gran parte de la semilla terminó en el camino, en lugares pedregosos o entre espinos y fue devorado por las aves, quemada o sofocada. Quien observa al campesino de la parábola tiende a pensar que trabaja en vano y desperdicia semillas y energía. Se nos quiere reflejar la realidad del mundo en el que el mal parece mucho más fuerte y eficaz que el bien.
¿De quién depende que el Reino no crezca sin oposición? ¿Por qué sucede esto? Si Dios es bueno, ¿por qué su Reino no crece más? Estas son las preguntas a las que Jesús quería responder.
Jesús narra esta parábola en un momento difícil de su vida. En Nazaret, es expulsado; en Cafarnaúm, lo tachan de loco, los fariseos quieren matarlo y los discípulos lo abandonan. Parece que toda su predicación ha sido en vano. Las circunstancias son demasiado adversas; su palabra parece condenada al fracaso.
Con esta parábola, quiso transmitir un mensaje de esperanza a sus discípulos desanimados. A pesar de todas las contradicciones y obstáculos, su palabra puede dar fruto abundante, pues posee en sí misma una fuerza vivificante irresistible.
¿No nos preguntamos nosotros también muchas veces si vale la pena proclamar la Palabra de Dios en este mundo corrupto en el que vivimos; si aún tiene sentido hablar de las bienaventuranzas evangélicas y enseñar catecismo a quienes no escuchan, a quienes tienen el corazón endurecido, a quienes solo piensan en dinero, entretenimiento y en lo transitorio, efímero o temporal? Cuando surgen estos pensamientos, es momento de profesar nuestra fe en el poder divino contenido en la Palabra del Evangelio.
La parábola nos obliga a reflexionar, a buscar el significado oculto, a pensar, a mirar en nuestro interior y a convertirnos. Estos versículos son una invitación a abrir, cuanto antes, nuestros ojos, oídos y corazón. De lo contrario, las parábolas se quedan como historias enigmáticas y no dan fruto.
Son cuatro los tipos de suelo. La escasez de resultados no depende ni de la semilla ni del sembrador, sino del tipo de suelo. Con los distintos terrenos, no se nos habla de cuatro categorías de personas, sino de cuatro disposiciones interiores que se encuentran en diferentes proporciones en cada uno de nosotros. Ninguno somos terreno ideal. Somos buen suelo, espinos, rocas y tierra árida. Esto puede ser motivo de desánimo para algunos, pero la parábola nos da motivos para esperar, muchos esfuerzos serán en vano, pero la semilla llega a dar fruto y produce un ciento, sesenta o treinta por ciento.
¡Señor, que tu Palabra de fruto abundante en nosotros!
Jesús María Amatria, CMF.

