
Denle ustedes de comer… Pronunció la bendición… partió los panes y se los dio.
El evangelio de Mateo nos relata la primera multiplicación de los panes, cuya tradición está arraigada en los evangelios sinópticos. El relato de Mateo tiene algunas semejanzas con narraciones del Antiguo Testamento (2Re 4,1-7.42-44; Ex 16; Num 11), como el hecho de que sobren doce canastas de pan, que apuntaría a las doce tribus, y a un nuevo pueblo que es alimentado con un pan nuevo.
El relato de la multiplicación de los panes usa palabras «eucarísticas»; por eso vemos a Jesús «bendiciendo y partiendo el pan», porque lo sucedido con la gente que siguió a Jesús, las primitivas tradiciones cristianas consideran que se realizaba y se actualizaba en la eucaristía de la Iglesia, donde todos son alimentados con el pan de vida.
Comienza expresando la compasión de Jesús al ver a la gente: «Se conmovió hasta las entrañas»; La compasión hacia esa gente, donde hay muchas mujeres y niños, es lo que va a inspirar toda la actuación de Jesús. Más que un sentimiento, es una apuesta por la vida. Por eso Jesús dedica todo el día a curar enfermos; no tiene apuros y pone toda su atención en los necesitados.
Jesús no se dedica a predicarles su mensaje, está pendiente de sus necesidades y solo hablan sus actos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente. Jesús se ocupa en curar a aquellas gentes enfermas y desnutridas que le traen de todas partes. Lo hace porque su sufrimiento le conmueve.
El momento es difícil; están en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos revela la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente. Frente a esto Jesús les propone otra alternativa: «Denles ustedes de comer». Es una propuesta incluyente; Implicarse en la necesidad de la gente, es ir más allá de la mirada realista para tener una mirada compasiva; mirar como Dios. Es necesario que los discípulos asuman esta sensibilidad. Jesús no puede abandonar a la gente que ha ido junto a él.
De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen. ¿Qué sucede con los panes y los peces en manos de Jesús? No los “multiplica”. Primero bendice a Dios y le da gracias: aquellos alimentos que vienen de Dios son de todos. Luego los va partiendo y dando a los discípulos, que, a su vez, se los van dando a la gente. Los panes y los peces han ido pasando de unos a otros. Así han podido saciar su hambre.
En medio de lo que estamos viviendo por esta pandemia hicimos lo mismo que los discípulos. Despedimos a nuestros empleados inmediatamente. En vez de unir nuestras fuerzas para erradicar el hambre en el mundo; solo se nos ocurre encerrarnos en nuestro “bienestar egoísta” levantando barreras cada vez más degradantes y asesinas. ¿En nombre de qué Dios los despedimos para que se hundan en su miseria? ¿Dónde están los seguidores de Jesús? ¿Cuándo se oye en nuestras eucaristías el grito de Jesús “Denles ustedes de comer”?
Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente, adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.
Es significativa la forma de realizarse: reunirse en grupos, la bendición, el partir el pan y compartir. Todos comieron y quedaron satisfechos. Hay una sobreabundancia expresada en el número de comensales. Lo poco se ha convertido en mucho.
El Dios necesario de Jesús es el que alimenta a su pueblo con la vida. El que, viendo a las gentes necesitadas, muestra lo extraordinario del compartir los dones que se poseen. La “compasión” de Jesús le hace tomar la decisión irresistible de que lo poco que tienen él y los discípulos deben entregarlo a la gente. Jesús quiere compartir lo poco que tienen él y los suyos, y esto hace posible el “milagro” de que haya para todos. Estos “milagros” deberían enseñarnos que también hoy esto es posible cuando hay compasión.
Lo único que Jesús hizo en aquel lugar desértico fue «curar» y «dar de comer» a la gente. Mirando nuestra realidad, nos encontramos que el desafío de Jesús sigue siendo tremendamente actual. Hoy también hay una multitud de dominicanos que buscan y necesitan. La mirada compasiva sigue siendo la opción de los discípulos de Jesús. Más que nunca son necesarios los gestos de solidaridad que, puestos en manos del Señor, se multiplican en amor compasivo.
No olvidemos los cristianos de nuestra amada República Dominicana, que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.
En nuestras comunidades cristianas son más necesarios los actos solidarios que las palabras hermosas. También nosotros debemos descubrir que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda. Y tendrá compasión porque comprenderá el problema que estamos viviendo en cada rincón de nuestro país. Problemas de toda índole al estar encerrados con hambre, y sin empleo. Cansancio, desanimo, soledad, dudas, tensiones, temores, y otros muchos problemas que enfrentamos los humanos en estos últimos meses por esta pandemia. Cada uno sabrá… y el Señor comprenderá. Como el Señor no ha cambiado su estilo en nada, también sanará a todos.
Imaginemos un sacerdote actuando en nombre del Señor; levantará los ojos al cielo, pronunciará la bendición, partirá el pan y lo repartirá entre todos los que se acerquen, aunque sea a través de sus hogares, con un corazón abierto a escuchar su voz, pues él sigue vivo desde la última vez que lo comulgaste hace meses. Él sigue esperando por ti. Ten ánimo y espera en el Señor que saciará tu hambre. En el Centro Claret confiamos en el Señor que multiplicará los peces, y con la ayuda de Dios, todo el que busque y toque en el Centro Claret, algo encontrará para saciar su hambre. Ya sea el hambre material como espiritual.
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

