EL BUEN PASTOR DA LA VIDA POR LAS OVEJAS.
El cuarto domingo de Pascua es conocido como «domingo del Buen Pastor». Cuando entre los primeros cristianos comenzaron los conflictos y disensiones entre grupos y líderes diferentes, alguien sintió la necesidad de recordar que, en la comunidad de Jesús, sólo él es el Pastor bueno. No un pastor más, sino el auténtico, el verdadero, el modelo a seguir por todos. La figura del pastor era muy familiar en la tradición de Israel. Moisés, Saúl, David y otros líderes habían sido pastores. Al pueblo le agradaba imaginar a Dios como un «pastor» que cuida a su pueblo, lo alimenta y lo defiende.
Es una imagen que puede evocar muchas cosas, pero la esencial es la de alguien que se dedica a cuidar. Jesús se presenta como aquel que se entrega de forma incondicional al cuidado de todos los que forman «el rebaño» que su Padre le ha confiado. Y la cultura del cuidado en este tiempo de pandemia significa estar con él, con el otro, estar atentos y escuchar todos sus lenguajes. Solo así podremos cuidarlo, solo así podremos llevar a cabo el «oficio de pastor» al estilo de Jesús de Nazaret.
El “pastor bueno” se preocupa de sus ovejas. No las abandona nunca. No las olvida. Vive pendiente de ellas. Está siempre atento a las más débiles o enfermas. No es como el pastor mercenario que, cuando ve algún peligro, huye para salvar su vida abandonando al rebaño. Jesús se ve preocupado por los enfermos, los marginados, los pequeños, los más indefensos y olvidados, los más perdidos. No parece preocuparse de sí mismo. Siempre se le ve pensando en los demás.
Amigos, “El pastor bueno da la vida por sus ovejas”. El amor de Jesús a la gente no tiene límites. Ama a los demás más que a sí mismo. Ama a todos con amor de buen pastor que no huye ante el peligro, sino que da su vida por salvar al rebaño. Incluso el salmo 22 nos menciona algunos rasgos de este buen pastor: “El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.
Esta reflexión la utilicé el día del retiro de cuaresma y hoy quiero que te pueda ayudar de otra manera. «Y este salmo 22 nos puede ayudar a relacionarnos con ese Padre de amor en los momentos más difíciles de nuestras vidas. En especial cuando el miedo y las preocupaciones se quieren apoderar de nosotros. Te ayuda a entender que Dios tiene el control de todo, y que en todo momento está dispuesto a cuidarte y protegerte. Ya que, como Pastor, se ve en la obligación de velar con mucho cariño, para que en esos momentos en que ya no puedas más, como quizás lo estés ahora, él te pueda conducir hacia una fuente tranquila.
Y aunque estés en el lugar más peligroso, más oscuro y alejado. Sus enseñanzas te guíen y te orienten. Protegiendo tu vida en los momentos de dificultad. No olvides que Dios nunca te abandona, y mira, si te das cuenta en el transcurrir de tu vida, cuantas noches sin dormir, tanta tristeza, cuantas preocupaciones han inundado tu persona, tu casa y tu trabajo. Y sin embargo has encontrado ese bastón para sostenerte, has encontrado ese alguien para defenderte, que es el buen Pastor.
Querido hermano/a, hoy te digo “no tengas miedo”. Hoy el Señor quiere que lo dejes seguir siendo ese que guía, vela y cuida de ti. Pero te invita a confiar, a que reconozcas que tú no estás solo o sola. Ante ti el Señor, prepara una mesa y lo hace en cada banquete de la eucaristía donde ofrece lo mejor de sí: Su Cuerpo y su Sangre. Y cuando te unge con perfume la cabeza, recuerda que has sido separado para Dios. Y que las bendiciones, la gracia y la bondad son las que rebosan en tu vida. No olvides que Dios hoy te bendice grandemente, que a él le gusta hacer cosas buenas. Por eso, bendiciones especiales tiene preparadas para ti. Y no olvides que tú vas a estar en la presencia y el amor de Dios todos los días de tu vida. Solo te debes dejar encontrar, guiar y abrazar por él. Y el aceite que unge tu cabeza es la presencia del Espíritu Santo.
Aunque sé que en estos momentos sería muy difícil de asimilar para alguien que se ha quedado sin nada, sin casa, sin trabajo, que le ha tocado vivir la pérdida de algún ser querido, que ha perdido su familia. Sería un poco difícil reconocer o entender que no le hace falta nada y que no está solo. Pero justo a ti el Señor te quiere hablar al corazón en este día; que te abras a ese amor y permitas que el Señor sea quien tome el control de tú vida. Y que sea él mismo quien te guie en este momento que tú estás pasando. Él con su inmenso amor quiere dejarse encontrar por ti».
Y me viene a la memoria la escucha solidaria que se dio en nuestra parroquia en los primeros meses del 2020. Y es que el saber escuchar es primordial a la hora del cuidado, ya que nos remite a la voluntad y disponibilidad. Escuchar requiere un diálogo que consiga un acercamiento al otro. Porque el diálogo significa la capacidad de ser en los otros sin perder la propia identidad, dado que puede enriquecer a cada uno. Supone el vigor de aceptar lo diferente como diferente, de acogerlo y dejarnos enriquecer con ello.
Es por esta razón que cada día es más necesario el encuentro y el diálogo fraterno; es necesario abrirse al razonamiento del otro, pero sin ser enemigos de la verdad porque, si esto sucede, se fractura el proceso del cuidar como un buen pastor. Hoy es necesario saber acompañar la vida de muchos y ofrecer la posibilidad de entrar en comunión con ese Dios, de quien somos sus hijos, para disfrutar de esa realidad amorosa que es la divinidad. Saber acompañar en épocas de soledad y levantar pobrezas; alentar, apoyar, sostener. Porque a través de esa entrega, la compasión de Dios seguirá mirando y cuidando a la humanidad.
Los cristianos vivimos con frecuencia una relación bastante pobre con Jesús. Necesitamos conocer una experiencia más viva y entrañable. No creemos que él cuide de nosotros. Se nos olvida que podemos acudir a él cuando nos sentimos cansados y sin fuerzas o perdidos y desorientados. En estos momentos difíciles para la fe, necesitamos más que nunca aunar fuerzas, buscar juntos criterios evangélicos. Pues sólo los creyentes, llenos del Espíritu del Buen Pastor, pueden ayudarnos a crear el clima de acercamiento, mutua escucha, respeto recíproco y diálogo humilde que tanto necesitamos.
Aprendamos del maestro que nos vino a enseñar. Jesús no había actuado como un jefe dedicado a dirigir, gobernar o controlar. Lo suyo había sido «dar vida», curar, perdonar. No había hecho sino «entregarse», desvivirse, terminar crucificado dando la vida por las ovejas. El que no es verdadero pastor, piensa en sí mismo, «abandona las ovejas», evita los problemas y «huye». Y en el amor lo decisivo es aprender a dar. El que ama, sabe dar gratis. Da porque ama, porque se siente dichoso al dar. Da de sí mismo, de su vida. Da lo que está vivo en él, su alegría, su fe, su escucha, su comprensión, su perdón. No se puede amar sin dar.
Queridos hermanos, este amor es creador. Engendra fuerza para vivir, ayuda a crecer, crea y recrea continuamente a las personas y a las parejas. Uno de los signos más claros de tal amor es la alegría que despierta en los que se aman, a pesar de los desacuerdos, conflictos y tensiones inevitables. Cuando el amor se vuelve triste es señal de que se está apagando.
En esta fiesta del Buen Pastor término orando a ese Padre de Misericordia por toda la humanidad: «El Señor está en el cielo. Sus hijos están en la tierra. María es la que intercede. Por todos los pecadores. Con muchos ramos de flores. Alegra su corazón. Y le pide al Señor. Que todos vayan al cielo. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

