DICHOSA TÚ, QUE HAS CREIDO
Apreciados hijos de Dios, seguimos avanzando en este tiempo de adviento, en el cual hemos preparado y sensibilizado nuestro corazón. Para celebrar con gozo la más grande manifestación del amor, de la misericordia y de la bondad de Dios. Es decir, su humanización. Nos muestra así que, a pesar de nosotros hacer el mal, su amor es infinito, sin límites ni condiciones. Dios, quien nos sigue generando vida, nos sigue amando, no nos abandona y camina con nosotros. Y aun en el silencio nos brinda su amor. Por eso, en este tiempo nos ha regalado un espacio para prepararnos a celebrar este misterio admirable de gozo, de alegría y de paz.
Con gozo y alegría, esperamos la llegada ya próxima del niño Jesús que hoy quiere volver a nacer en tu vida. Pero antes él quiere que le abras la puerta de tu corazón y de tu hogar, para que Él pueda habitar y morar en ti. Pero con tus afanes, tus miedos, tus necesidades, ¿crees que haya espacio para que tú lo recibas? Recuerda que lo debes recibir con alegría, con emoción y con gozo. Así como lo recibió Isabel y el niño que esperaba en su vientre.
Cada día de este tiempo de gracia ha sido un momento para sensibilizar el corazón de cada ser humano, para resaltar con admiración y gozo, la más grande manifestación de amor, bondad y misericordia que Dios ha tenido con nosotros: Su humanización, para mostrarnos que a pesar de nuestros muchos pecados y lo desobedientes que somos, su amor es infinito, sin límites ni condiciones. Y sería bueno preguntarnos: ¿Estás preparado para vivir este acontecimiento de que Jesús vuelva a nacer en tú vida? No importa lo que tú estés viviendo, Dios te ha regalado este tiempo de recogimiento, para poder cuidar y velar por ti.
Ya en el evangelio nos encontramos con María, que presurosa, va a visitar a su prima. Ella, quien lleva la alegría y el gozo de portar al salvador en su vientre. Es capaz de ir, de ponerse al servicio de aquella que en ese momento la necesita. Ella, quien, a través de su pequeñez, no lleva ningún regalo, solo lleva su presencia, su cercanía y su solidaridad. Y es ella a quien Isabel exalta de gozo, reconociendo en María la felicidad, porque ha creído. Ella no es feliz por cualquier cosa, sino porque confía en la palabra del Señor.
María, en este encuentro con Isabel nos enseña a que creamos, a que seamos humildes, a que nos pongamos en camino ante el necesitado, a que seamos testigos del inmenso amor de Dios, a que escuchemos con atención la palabra del Señor, a que llevemos vida a los demás. Si nos damos cuenta, parte de este texto lo hacemos varias veces con el rezo del Rosario. Sería bueno que lo vivamos.
El encuentro de María e Isabel pone de manifiesto sentimientos profundamente humanos: Una jovencita y una anciana. Las dos engendrando la vida en sus entrañas, uniendo lo antiguo y lo nuevo. Ambas creen en una promesa. San Lucas nos relata de María su obediencia; en todo, ella le hizo caso a Dios. y sin detenerse, va de prisa a ponerse en servicio al visitar a Isabel. Quien es movida por el Espíritu Santo. Quien nota en María algo diferente: su fuerza, su luz y su gracia. Que son aspectos que hacen notar que Dios está en ella y por eso la resalta con aquellas palabras. “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”.
Ella reconoce a María como la elegida entre todas. Porque lleva en su seno a aquel que es la luz de las naciones, el salvador del mundo. A Jesús el hijo de Dios hecho hombre. Cabe notar de María, que es la nueva arca de la alianza, la hija de Sión. María tuvo en su vientre la noticia más bella de la humanidad y por eso ella la comparte. Se convirtió así en discípula misionera. Por eso, la coherencia de fe y la disposición de ella nos hacen un llamado a nosotros a una coherencia entre el decir, el creer y el hacer.
Aquel saludo de Isabel y María es un encuentro entre Juan el Bautista y Jesús el Nazareno. Ambos son un milagro de Dios y traen consigo la vida, a pesar de lo imposible. Sería bueno que, en este día, abras tu corazón y puedas verificar si estás preparado para recibir al Mesías que nuevamente viene. Si sientes la alegría de verle en el que pasa por la calle, en tu hermano necesitado. O si tú eres capaz de llevar alegría, ofrecer lo mejor de ti al hermano que te necesita. Nuestra Madre hoy también quiere visitarte e interceder por tus necesidades. Ella quiere sembrar en ti ese gozo y alegría por recibirla en tu casa. Y que, al igual que Isabel, la podamos reconocer como bendita entre las mujeres.
En la actualidad de hoy, sería bueno darnos cuenta de que Dios, a diario nos sorprende, nos da lo mejor de sí y a pesar de los sufrimientos, de las enfermedades, de las angustias, él no te deja solo, te lleva a la calma, te lleva a la alegría para que te sientas acompañado. Que, en este día, podamos reconocer a María como Madre del Señor, como servidora, como fiel colaboradora. Y que la sepamos imitar desde nuestra pequeñez, y sepamos siempre aceptar la voluntad de Dios. Unamos nuestra alegría a la de Isabel y María. Para proclamar que creemos en Dios y en su obra creadora, que viene a visitarnos en nuestra existencia cotidiana.
Aun en el silencio, aun en tus dudas, este es un tiempo que el Señor nos ha regalado, para prepararnos y celebrar este misterio admirable, con un inmenso gozo y abundante paz. Es una oportunidad que tenemos para contemplar a Dios, que interviene en la historia, en tu vida y en que podemos notar que Él siempre cumple sus promesas.
Este último domingo del adviento es un día propicio para buscar en tu interior y ver qué cosas debes sacar, si es odio, miedo, tristeza, resentimientos o la falta de amor. Que, en éste, traigas alegría, paz, perdón, confianza, esperanza y armonía en tu corazón y también en tu vida. Que eso sea lo que tú le pidas a Jesús con su llegada. Y que sepas agradecer cada cosa. Agradecer de una manera especial por tu familia, por tu vida y por el compartir. Que des gracias a Dios porque te ha mantenido con vida y bien. Que hoy puedas le agradecer a Dios: Señor, tú me has dado la gracia de tener la Madre más buena y es bendita entre todas las mujeres. Que alabemos tu grandeza todos los días, que vivamos llenos del Espíritu Santo que tanto necesitamos.
Terminemos orando.
«El evangelio de hoy. Es un canto a María. Que representó al pueblo. Piadoso y fiel a Dios. Siempre confiaban en él. Más que en su propia fuerza. Que oración tan hermosa. Convertida en alabanza. Es mi alma que te canta. La alegría del Señor. Así se alegra mi espíritu. En Dios que es mi salvador. Pero debemos saber. Que sólo Dios es la riqueza. Por eso expresó Isabel. Una expresión muy hermosa. Y la proclamó dichosa. Porque en ella había hecho. Obras que eran muy grandes. Fue la esclava del Señor. Pero el autor de todo. Solo fue el poderoso. Con aquellos que son fieles. Él es misericordioso. Y sigue haciendo obras grandes. María se quedó tres meses. Acompañando a Isabel. Después regresó a su casa. Amén».
«Cuando estoy orando. Yo siento a mí Madre. Me dice hijo mío. Hagamos el rosario. Lo vamos a ofrecer. Con mucha alegría. Por todas las almas. Que esperan con gozo. Que oren por ellas. Así hijos míos. Muy llena de gozo. Vienen para el cielo. Con mucha alegría. Amén».
«La humildad de María. Nadie la puede tener. Solo ella que fue fiel. Y se convirtió en su esclava. Llevó al Salvador del mundo. En su vientre lo guardaba. Ella siempre lo cuidaba. Y le dio todo su amor. Por eso, a todos nosotros. La Madre que está en el cielo. Es María la más bella. Nos lleva en su corazón. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

