JESÚS EL NAZARENO, EL CRUCIFICADO, HA RESUCITADO.
Apreciados y amados hijos de Dios, ayer se dirigía nuestra atención hacia la cruz. Hoy es el día santo en el que celebramos la Pascua. El paso de lo viejo a lo nuevo. Donde todo se configura a Cristo, su principio, a través de su muerte y resurrección. Por eso la liturgia nos inunda de luz, agua, cánticos y aclamaciones. Porque el cielo y la tierra claman la victoria más portentosa de Dios. La victoria sobre la muerte. Cristo Ha Resucitado.
La victoria trae consigo esa vida nueva. La victoria de Cristo es también nuestra, desde que decidimos unir nuestra muerte a la suya para surgir de las aguas bautismales. La vida del resucitado es la que nos anima en todo momento. Dejémonos encontrar por él y sepultar así todos nuestros miedos y tristezas. Hoy el sepulcro se encuentra vacío y Jesús nos ha devuelto a la vida. Hoy la espera está inundada de esperanza y de la certeza de que el Señor está vivo y que, a través de esto, él vence el mal para que así triunfe el bien.
Vemos a esos seguidores fieles que tuvo Jesús; la Magdalena, Simón Pedro y Juan. Fueron los primeros testigos en ver los signos en el sepulcro de que Jesús había resucitado. Animados por esa confianza, debemos acercarnos con una disposición de encontrar a Jesucristo para pedirle que nos ayude a vencer de esta manera al hombre viejo y vivir como hombres y mujeres nuevos.
La resurrección obra una auténtica transformación en la Magdalena. Buscaba a Jesús en un ambiente de tristeza y desesperación. Ella, quien creía en Jesús y le había acompañado a la cruz hasta el final e incluso hasta el sepulcro, y ahora, al no lo poderlo ver, quiso saber dónde estaba su cuerpo, y al no encontrarlo, va en busca de los dos discípulos.
Hoy, en medio de lo que está padeciendo el mundo, y muchos que hoy se sienten abandonados y tristes. Debiéramos llevar aliento y anunciarles a ellos, que, en medio de su situación, Jesús va con ellos. También nosotros tenemos la tarea de ayudar con nuestras posibilidades a ese que hoy padece, no solo de necesidades materiales sino también espirituales. Y que a la vez podamos dar testimonio de la resurrección de Cristo, para que de esta manera transformemos nuestra sociedad con un grito de esperanza, de que en verdad Cristo ha Resucitado.
María Magdalena no vuelve a ser la misma después de aquel encuentro, en que nombrada apóstol, fue enviada a los discípulos en el nombre de Jesús. Hoy en día el Señor nos dice que no tengamos miedo, que él quiere que nos despojemos de la tristeza que hoy nos embarga y que nos vistamos de alegría, que superemos las desilusiones y nos llenemos de esperanza. También nos pide que lleguemos a ser como Pedro y Juan, testigos de la resurrección. En medio de este mundo corrupto, lleno de violencia, de maldad, de injusticia y de oscuridad. Llenémonos de paz y de amor en medio de todo eso, con la fe puesta en el resucitado.
En este día, la alegría de la pascua debe llenar nuestros corazones para que así también nosotros participemos de esa alegría que nos ha prometido para siempre el Señor. Él quiere que cambies tu tristeza y que te abras a ese encuentro con el resucitado. Para poder ser testigo vivo y fiel de su mensaje de amor, y así podamos orientar nuestro deseo hacia el primer mandamiento de la ley de Dios.
Y al amar a Dios, amaremos a nuestro prójimo, porque reconocemos en ellos la imagen y semejanza del creador. Dejémonos llenar de su espíritu y caminemos día a día por los caminos de paz y de luz. Pidamos al Señor que nos ayude a ser testimonio para los demás, ser fieles a su mandato sembrando paz y amor en el corazón y en la vida de los demás. Señor, que yo no sienta miedo para verte, sino sienta miedo para ofenderte. Que el mejor perfume que yo te regale sea alegrar siempre tú corazón. Señor, que yo pueda resucitar a todo lo bueno que sea de agrado a ti.
«María la Magdalena. Fue muy temprano al sepulcro. Y fue al amanecer. Todavía estaba oscuro. Y la losa del sepulcro. Ella la vio quitada. Y empezó a correr. Y fue a Simón Pedro. Y al discípulo que Jesús amaba. Entonces ella les dijo. El sepulcro está vacío. Se han llevado a mi Señor. Adonde lo habrán puesto. Pedro y el otro discípulo. Los dos salieron corriendo. Llegó primero que Pedro. Pero el asombro de él. Que vio la venda en el suelo. Pero llegó Simón Pedro. Y entró en el sepulcro. Vio la venda y el sudario. Con el que estaba cubierto. Entró el otro discípulo. Aquel que llegó primero. Pues vio y también creyó. Pero fue que hasta entonces. No había entendido. Las sagradas escrituras. Que él iba a resucitar. De entre los muertos. Amén».
«María te compró. Aroma oloroso. Para embalsamar. Tú cuerpo Jesús. Te fue a buscar. Y no te encontró. Ella fue a buscar. Al crucificado. Pues no lo encontró. Ha resucitado. En tu sepultura. Había una piedra. Ella se rodó. Para que salieras. Saliste Jesús. Triunfante y glorioso. Ha resucitado. Está entre nosotros. Amén».
«Ha resucitado. El Dios de los cielos. Todos los cristianos. Estamos alegres. Suenan los tambores. Guitarras también. Ha resucitado. El que es nuestro rey. Estamos de fiesta. Con mucha alegría. Viendo a nuestra Madre. Llena de alegría. Celebra esta fiesta. De resurrección. Gózala mi hermano. Alaba al Señor. Con Jesús y María. Gózate mi hermano. Que el Dios de los cielos. Ha resucitado. Amén».
«Yo te doy mi alma. Y mi corazón. Jesús yo te quiero. Tú eres mi Señor. Cuando yo te siento. Qué feliz yo estoy. No te salgas nunca. De mi corazón. Quédate conmigo. Mi amado Señor. Amén».
«Qué bueno es amar. Al Dios de los cielos. Con todo el amor. Te amo Señor. Tú eres mi consuelo. Mi paz y alegría. No te dejaría. Por nada Señor. Tú eres mi tesoro. Te llevo muy dentro. De mi corazón. Amén».
«Nadie ha dado amor. Como tú Dios mío. Si yo te lo pido. Tú me lo darías. Pídeme hijo mío. Qué más puedo darte. Aquí están mis brazos. Yo quiero abrazarte. Es tanto el amor. Que siento por ti. Hijo de mi alma. Así pide Dios. Te acuerdes de mí. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

