Evangelio: Juan 6,60-69
Estamos al final del discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. Los judíos, que lo han buscado como hacedor de milagros, se ven confrontados con un desconcertante requerimiento: acogerlo a Él, el Pan que ha bajado del cielo. Tienen que hacer una elección
La constatación es amarga: Muchos de los discípulos que vieron la señal y que escucharon el discurso no aceptaron la propuesta de Jesús. Es demasiado “dura”, dicen. No es que no lo hayan entendido. Al principio, es cierto, ha habido un malentendido; pero ahora todo está claro; han comprendido muy bien lo que Jesús pretende, pero no están dispuestos a dar su asentimiento. Unir sus vidas a la suya, hacer la elección del don de sí, implica un riesgo demasiado grande. Confiar o no confiar en Él: esta es la alternativa.
La misteriosa afirmación: “¿Qué será cuando vean al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes?” podría ser parafraseada así: Si ahora que estoy entre ustedes tienen tantos problemas para aceptar mi propuesta, ¿qué sucederá cuando haya regresado al Padre? Cuando llegue esa hora, se les pedirá una fe todavía más pura, desligada de cualquier tipo de verificación, de cualquier visión, de cualquier contacto sensible, diverso del de los signos sacramentales.
La conclusión es deprimente, pero previsible: “Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con Él”
Estos discípulos, también presentes en nuestras comunidades, no son malos, no deben ser considerados traidores; solo son coherentes. Se han dado cuenta de que el Maestro les está exigiendo demasiado; no son capaces de dar su consentimiento, y se retiran. Jesús respeta su libertad, no los obliga a compartir su elección, no los obliga a “comer su carne”. Tal vez se arrepentirán y volverán a pensar en el ofrecimiento de Jesús; es más, seguramente revisarán su posición, sobre todo si aquellos que se acercan a la Eucaristía todos los días saben darles un testimonio de vida cristiana auténtica.
Jesús ha defraudado las expectativas de la mayoría de los que lo siguieron, pero hay un grupo que, aunque aún sin comprender completamente lo que implica la adhesión a Él, da su consentimiento. La fe no se basa en pruebas ciertas e irrefutables sino en la adhesión amorosa a una Persona. No hay que maravillarse de que esta adhesión venga acompañada siempre de dudas y recelos y que muchos sigan, incluso por largo tiempo, vacilantes.
A la pregunta del Maestro: “¿También ustedes quieren abandonarme?”, Pedro, hablando en plural, expresa la fe de todos y exclama: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Es la profesión de fe que hoy Cristo espera también de nosotros.
El papa Francisco afirma que, frente al amor sin límites de Jesús, lo que nos sale mal en la vida, lo que no va bien en el mundo o lo que no funciona en la Iglesia, no pueden ser razones para no seguirlo. Permanecemos en la Iglesia, santa y pecadora, porque, con ella y en ella, somos un pueblo en marcha, imperfecto, pero en camino a su perfección. Y es en el seno de la comunidad reunida en torno a su Palabra y a su Eucaristía donde el Señor se manifiesta, nos transforma y nos mueve a transformar nuestra vida, el mundo y a la propia Iglesia para que sea cada vez más nítido su reflejo del rostro de Jesús y su compromiso con el Reino.
Jesús María Amatria cmf.

