Evangelio: Lucas 11,1-13
Lucas es el evangelista que más nos habla sobre la oración. En los momentos importantes de la vida de Jesús, nos lo presenta orando. Son varias las veces que nos recuerda que Jesús oraba. Está en oración en el momento del Bautismo; “se retiraba a lugares solitarios para orar”; antes de la elección de sus discípulos; estaba en oración en el momento de la Transfiguración; cuando enseña a sus discípulos el Padrenuestro. Oró, sobre todo, en el momento más dramático de su vida, en Getsemaní.
El pasaje que la Liturgia nos propone en el Evangelio de hoy es una catequesis acerca de la oración. Se nos presenta el contexto en el que Jesús enseña el Padre nuestro. Sigue una parábola y finalmente siguen las palabras con las que Jesús asegura la eficacia de la oración.
Vamos a recordar la riqueza de la Oración que nos enseñó Jesus:
“Padre” Para nosotros los cristianos Dios es el Padre, un Padre que nos ha amado desde siempre por eso podemos recurrir a Él directamente y con confianza y si, como el hijo pródigo, nos alejamos a veces de Él, sabemos que podemos regresar y siempre somos bienrecibidos.
“Santificado sea tu nombre” en el lenguaje bíblico deberíamos decir santifica, oh Dios, tu nombre. No nosotros sino Él debe manifestar la santidad de su nombre. El nombre de Dios no es ‘santificado’ o glorificado cuando lo aplaudimos, o cuando aumenta el número de participantes en las liturgias solemnes y ceremonias en los templos, sino cuando su Salvación llega y transforma a cada persona. En el Padre Nuestro declaramos al Padre nuestra disponibilidad de dejarnos seducir y colaborar con Él para que su promesa de salvación se realice.
“Venga tu reino” El Reino que constituye el núcleo de la predicación de Jesús no es de “este mundo” En el Nuevo Testamento se habla del “reino de Dios” nada menos que 122 veces, 90 de ellas por boca de Jesús. Pedimos que venga su Reino porque el Reino de Dios está en sus comienzos, debe desarrollarse y crecer en cada persona como semilla del bien, de amor, de reconciliación, de paz. La oración nos hace discernir entre los reinos de este mundo que nos seducen y el reino de Dios.
“El pan nuestro de cada día, danos hoy” El pan en tiempo de Jesús era sagrado, no podía ser tirado a la basura, no se cortaba con el cuchillo; se partía delicadamente. Solo manos humanas eran dignas de tocarlo porque tenía algo de sagrado. Pedimos nuestro pan. El Padre Nuestro nos hace mantener siempre viva la conciencia de que no podemos pensar solamente en el propio pan, no podemos olvidarnos del pobre, sino que debemos comprometernos en hacer realidad la justicia social.
“Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos” El cristiano no puede esperar ser escuchado por Dios si no cultiva sentimientos de amor hacia el hermano. No basta olvidar el mal recibido, se exige más. El cristiano no puede abrirse al Amor del Padre si rechaza reconciliarse con el hermano.
“Y no nos dejes caer en la tentación” El cristiano no implora estar exento de estas tentaciones, sino que pide no ceder, no tener la idea de abandonar al Maestro
Con la parábola que Jesús nos narra después de presentarnos el modelo de oración de los discípulos quiere enseñarnos que la oración obtiene resultados solamente si es prolongada. No porque Dios quiera hacerse rogar por largo tiempo antes de conceder algún don sino porque necesitamos mucho tiempo para asimilar los pensamientos y sentimientos del Señor.
La oración nos hace ver todo distinto, la mente y el corazón no son ya los mismos. Veremos con ojos de Dios nuestras situaciones. Nos ayuda a recuperar la serenidad y la paz interior, también las heridas psicológicas y morales se irán deteniendo rápidamente y, ¿por qué no?, hasta las enfermedades orgánicas podrán curarse más fácilmente.
Jesús María Amatria, CMF.

