CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO – AÑO A
“El nacimiento de Jesús, el Mesías, sucedió así”. De esta forma comienza el evangelio de hoy, sin embargo, en vez de hablar del nacimiento, lo hace del anuncio a José de la maternidad virginal de su esposa.
En tiempos de Jesús el matrimonio tenía dos etapas. La primera consistía en el contrato estipulado entre los dos esposos delante de los respectivos padres y de dos testigos; después de esta firma, el joven y la joven se convertían en marido y mujer, pero no comenzaban de inmediato a hacer vida en común, sino que dejaban transcurrir todavía un año durante el cual no podían unirse maritalmente.
Este intervalo servía a las dos familias para un mejor conocimiento mutuo y a los dos esposos para madurar: se casaban, de hecho, muy jóvenes, doce-trece años la joven y quince-dieciséis el joven. Estas serían probablemente las edades respectivas de María y José.
Pasado un año de espera, se organizaba una fiesta, la esposa era conducida a la casa del marido y los dos comenzaban la vida en común.
Fue durante este intervalo que tuvo lugar la anunciación a María y su embarazo por obra del Espíritu Santo.
Hoy algunos sostienen que probablemente María habría informado a José de que el niño que esperaba venia de Dios; no tenía ningún motivo para mantener en secreto un hecho que José tenía el derecho a saber. La duda de José, por tanto, no seria sobre la fidelidad o infidelidad de su esposa, sino sobre su propio rol en este acontecimiento tan extraordinario. ¿Cómo podría dar nombre a un hijo no suyo? ¿No sería inmiscuirse indebidamente en un proyecto de Dios? No sabiendo cómo comportarse, habría decidido retirarse para esperar que Dios le hiciese conocer su voluntad.
Mientras andada meditando sobre estas cosas, el Señor le reveló su proyecto y la misión a la que le llamaba: debía poner nombre a Jesús, pues así el hijo de María entraría por derecho en su familia, convirtiéndose en descendiente de David “según la carne” como ha dicho Pablo en la segunda lectura.
Esta explicación es interesante y contiene elementos seguramente aceptables pero tengamos presente que el evangelista no está interesado en darnos información o en satisfacer nuestra curiosidad. Lo único que le interesaba es hacernos saber que el hijo de María era el heredero del trono de David, prometido por los profetas.
La conclusión del relato es solemne. Todo el relato evangélico parece que haya sido escrito para mostrar el cumplimiento de lo que había dicho el Señor por medio del profeta: “He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo quien será llamado Emmanuel, que significa Dios con nosotros”
En este tiempo de Adviento, María-Virgen nos invita a contemplar lo que el Señor ha realizado en ella, y a creer en la victoria de la vida allí donde solamente se ven señales de muerte. La virginidad es el símbolo del amor total hacia el Señor. Es, para todo cristiano, el modelo por excelencia de amor total e indiviso a Dios.
Jesús María Amatria, cmf.

