En los últimos tiempos, cuánta incoherencia y falta de sinceridad. Porque todo lo que hacen es solo para aparentar. Si ayudan un hermano lo primero que hacen es tomar fotos y la suben por las redes sociales. Si alguna familia está en conflicto fingimos ayudar, pero cuando dan la espalda terminamos acabando con la integridad de esa familia.
Quizá nos sintamos muchas veces más puros y fieles por cumplir religiosamente con ritos y costumbres religiosas, sintiéndonos superiores a los demás. Y criticamos a quienes no hacen estos ritos, ya que no van a misa, no se confiesan, no comulgan, no van al santísimo. Creando arrogancia y soberbia por creernos los mejores. Pero se nos olvida que lo esencial es el amor, la honradez, la generosidad, en definitiva, ser buenas personas. Y así poder abrirnos hacia los demás.
Hoy es un buen momento para descubrir cuál es nuestro disfraz ante Dios y los demás. Busquemos mejor ser sinceros y mostremos que en nuestras vidas podemos albergar todo lo concerniente al amor.
Un grupo de fariseos de Galilea se acerca a Jesús en actitud crítica. No vienen solos. Los acompañan algunos escribas venidos de Jerusalén, preocupados sin duda por defender la ortodoxia de los sencillos campesinos de las aldeas. La actuación de Jesús es peligrosa. Conviene corregirla. Han observado que, en algunos aspectos, sus discípulos no siguen la tradición de los mayores.
En el evangelio de hoy, se nos presenta a los fariseos y escribas que se acercan a Jesús y dan cuentas de que los discípulos no siguen sus mismas tradiciones. Lo cual los escandaliza y por tal motivo cuestionan a Jesús. Respondiéndoles él con dureza, les dice: “Hipócritas”, citando al profeta Isaías. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí”. Y termina diciéndoles que: “anulan el mandamiento de Dios por cumplir con la tradición”. Porque ellos habían olvidado lo importante que era tener un corazón puro y sencillo. Y que amar a Dios y a sus hermanos era superior que cumplir tantas normas. Y por eso alejaban su corazón cada día más de Dios.
Amigos, cuando nuestro corazón está lejos de Dios, nuestro culto queda sin contenido. Le falta la vida, la escucha sincera de la Palabra de Dios, el amor al hermano. La religión se convierte en algo exterior que se practica por costumbre, pero en la que faltan los frutos de una vida fiel a Dios. Este es el gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones, las colocamos en el lugar que sólo debe ocupar Dios. Las respetamos por encima incluso de su voluntad. No hay que pasar por alto la más mínima prescripción, aunque vaya contra el amor y haga daño a las personas.
Jesús deja bien claro que no nos podemos desviar de lo que realmente es importante y da sentido a la vida. Ciertamente cumplir unas normas, celebrar ritos, realizar una costumbre de tradición no es que esté mal. Pero ¿Es eso lo más importante en nuestras vidas? En ocasiones podemos olvidarnos de las cosas esenciales y desviar nuestra atención a lo secundario. Si nos damos cuenta, la vida de Jesús fue de cosas sencillas pero fundamentales. Tales como la amistad, la solidaridad, la justicia, el compartir, la misericordia, la oración, la acogida y el encuentro. Llegando así a lo profundo del que decide seguir de corazón los caminos de Dios. Pues Él humaniza hoy tu vida.
Hermanos, el culto agrada a Dios cuando se produce un verdadero encuentro con Él, cuando se experimenta con alegría y gozo su amor salvador y cuando se escucha una llamada a vivir una vida más fiel al evangelio de Cristo.
También Jesús resalta el respeto y la honradez que se debe tener con los Padres; de nada vale regalarles grandes cosas materiales, cuando les maltratamos, les herimos y les humillamos con nuestras actitudes y palabras. Que podamos entender que nuestras costumbres y tradiciones deben surgir de un corazón noble y misericordioso, y que seamos capaces de velar desde allí por nuestros padres, amándolos y respetándolos.
Lo que sale de dentro. El contacto que nos acerca al débil, la mano que acoge al que se siente enfermo o desvalido. Es esto precisamente lo que los evangelistas destacan en Jesús. De él se nos dice que «tocaba» a los leprosos, «abrazaba y bendecía» a los niños, «imponía sus manos» sobre los enfermos y los curaba. Sus manos eran acogida, bendición y fuerza sanadora. Por eso, cuando los fariseos, desde una visión estrecha y legalista, critican a los discípulos porque comen con «manos impuras», Jesús reacciona diciendo: «lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre»; las manos, por el contrario, son una bendición si irradian nuestra bondad interior.
Es por esta razón que coger la mano de un enfermo grave, estrechar entre nuestras manos la de un anciano solo y desorientado, acariciar la frente de un moribundo, abrazar a quien se derrumba al perder a un ser querido, son gestos cargados de cercanía y amor. Una manera profunda de decirle al otro: «Estoy contigo. No sé qué decirte. Me siento tan impotente como tú. Pero comparto tu dolor». Se nos hace duro estrechar la mano de ese enfermo y tenerla cogida largamente y en silencio. Es más fácil distanciamos, defendernos detrás de las palabras y distraer de alguna forma nuestra impotencia y nuestra pena.
Por esto el contacto libera de la soledad y el desamparo. Alivia el miedo y la ansiedad. Infunde aliento y esperanza. Cuando ya no hay nada que hacer y no podemos ofrecer a esa persona ningún remedio eficaz, quedan todavía nuestras manos. Y esto lo saben muy bien los médicos. Que con una cálida acogida ellos pueden sanar de muchos males. Solo con más corazón en esas manos.
Meditemos y pensemos en algunas posturas y gestos que en nuestras celebraciones tienen un gran significado. Por ejemplo: 1. Ponerse en pie es un gesto que, naturalmente, significa respeto, atención, disponibilidad. Pero es mucho más. Es la actitud más característica del orante cristiano que se siente “resucitado” por Cristo y «levantado” para siempre a la vida. 2. Ponerse de rodillas es un gesto de humildad y adoración. Reducimos nuestra estatura y nos hacemos “pequeños” ante Dios. No queremos medirnos con El. Preferimos confiarnos a su bondad de Padre.
- Sentarse es adoptar una actitud de escucha. Somos discípulos que necesitamos acoger la Palabra de Dios y aprender a vivir con «sabiduría cristiana”. 4. Elevar los brazos con las palmas de las manos abiertas y vueltas hacia arriba es invocar a Dios mostrándole nuestro vacío y nuestra pobreza radical. 5. Inclinar la cabeza es aceptar la gracia y la bendición de Dios sobre toda nuestra persona. Dejarnos envolver por su presencia amorosa.
- Golpearse el pecho con la mano es un signo humilde de arrepentimiento que expresa el deseo de romper y ablandar ese corazón nuestro demasiado duro y cerrado a Dios y a los hermanos. 7. Darse el gesto de la paz mirándonos al rostro y estrechando nuestras manos es acoger al hermano y despertar en nosotros el amor fraterno y la solidaridad antes de compartir la misma mesa del Señor. 8. Y hacer el signo de la cruz es expresar nuestra condición cristiana, aceptar sobre nosotros la cruz de Cristo y consagrar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros deseos a ese Dios que es nuestro Padre y hacia el cual caminamos siguiendo al Hijo movidos por el Espíritu.
Señor, que yo no me preocupe por lavarme las manos y tenerlas limpias; lo que yo quiero es que mi corazón permanezca siempre limpio para ti Señor. Y que nada impuro entre a mi corazón, que solo entre la gracia de sentir en mi corazón el amor de Dios y la presencia del Espíritu Santo. Y dame la gracia de no solo lavar mis manos, quiero que laves mi corazón y no pecar contra ti. Pero lo que más quiero es que tú me llenes de amor para darle a los demás.
Terminemos orando. «Cada vez que yo te llamo. Tú me pones atención. Me alegras mi corazón. Y siento felicidad. Tanta alegría me da. Cuando un hijo está conmigo. Te digo tu eres mi hijo. Por eso yo te bendigo. Pero con todo mi amor. Y te echo la bendición. Amén».
«Yo quiero acercarme. A ti mi Señor. Con mis manos limpias. Y mi corazón. Llénalo de amor. Dulce Jesús mío. Contigo yo iría. A donde tú quieras. No me dejes solo. Señor te lo ruego. Tú eres tan bueno. Lo que tú más quieres. Que todos tus hijos. Vengan a gozar. Con Dios en el cielo. Amén».
«Que te ame Señor. Con toda mi alma. Que nada Señor. Me aparte de ti. Que el día y la noche. Sean para adorarte. Que nunca me canse. De darte las gracias. Porque te fijaste. En tu hijo Señor. Lléname de amor. Que lo necesito. Quiero que me entres. En un rinconcito de tu corazón. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, y José Antonio Pagola.

