DEJEN QUE CREZCAN JUNTOS HASTA LA COSECHA.
Jesús nos muestra en esta parábola: que nadie tiene en esta vida el derecho de erigirse en juez del bien y del mal. Nadie tiene el derecho de decidir dónde está el bien (el trigo) y dónde está el mal (la cizaña), ni tiene el derecho de considerarse con el poder para pretender extirpar el mal de raíz (la cizaña). Porque al hacerlo puede estar arrancando el trigo.
Por tanto, nadie puede constituirse en juez de los demás, ni puede condenar o rechazar a nadie, ni reprobar a quien sea, porque corre el peligro de equivocarse. Así condena Jesús el puritanismo y la intolerancia. Todos podemos incurrir en este tipo de conductas, y sabemos bien hasta qué punto la gente anda condenando, rechazando, ofendiendo, maltratando, insultando… Y este peligro se aumenta en la medida en que una persona se hace más religiosa, sobre todo si su religión o grupo es de carácter fundamentalista.
De esta manera la intolerancia se acrecienta hasta convertirse en algo asfixiante, que te roba la paz y la armonía. Este mundo está lleno de fanáticos, que se consideran con el derecho y el deber de obligar a que los otros cambien hasta pensar y vivir como piensa y vive el fanático intolerante. En una ocasión me comentaba mi amigo y hermano Agustín, que la gente “muy religiosa” le da miedo. Pues son las personas que hacen la vida insoportable y la convivencia amarga a los demás.
En el fondo, el bien y el mal son categorías que dependen de los que tienen poder para definirlas. Pues fueron los buenos mismos, los nobles, los poderosos, los hombres de posición superior, quienes se sintieron y se valoraron a sí mismos y a su obrar como buenos, (o sea como algo de primer rango, en contraposición a todo lo bajo, abyecto, vulgar y plebeyo), para eliminar a Jesús. ¿Y así es como vamos a limpiar el campo del Señor de la presunta cizaña? La esencia del fanatismo consiste en el deseo (y hasta en el empeño) de “obligar a los demás a cambiar”. En esto coinciden todos los fanáticos del mundo, y con mucha frecuencia degeneran hacia la violencia y el terror.
Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos, el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a toda la sociedad. Debemos releer las dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que, la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el reino de Dios), sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio e introduciéndose en la sociedad como pequeño “fermento” de vida humana.
La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ni imaginar. La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores es insignificante: los centros de poder lo ignoran.
La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente. Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo, va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna. Debemos aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos fieles de Jesús. La Iglesia no necesita más poder social o político, sino más humildad para dejarse trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano.
Debemos confiar en Jesús. El reino de Dios es siempre algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios va trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Debemos colaborar con él siguiendo a Jesús. Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y cercana a los pobres, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio, y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna. Con esta pandemia es necesario cambiar; aprender a vivir creyendo en esta Buena Noticia: el reino de Dios está llegando.
Jesús hablaba con pasión. Muchos se sentían atraídos por sus palabras. En otros surgían dudas. ¿No era todo una locura? ¿Dónde se podía ver la fuerza de Dios transformando el mundo? ¿Quién podía cambiar el poderoso imperio de Roma? Siguiendo sus deseos, trataremos de vivir como “fermento” de vida sana en medio de la sociedad y como un poco de “sal” que se diluye humildemente para dar sabor evangélico a la vida moderna. Contagiemos en nuestro entorno el estilo de vida de Jesús e irradiaremos la fuerza inspiradora y transformadora de su Evangelio. Pasaremos la vida haciendo el bien. Como Jesús.
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola, José María Castillo.

