«Salió el sembrador a sembrar».
La Palabra era para el antiguo oriente una fuerza que transmitía una realidad. Y Jesús explica el porqué muchas veces la Palabra no es fuerza, sino que se frustra y, por eso, resulta ineficaz o su eficacia queda disminuida y limitada.
Encontramos algunos ejemplos en la Biblia: La Palabra de Dios, no se asocia al sacerdote (Zacarías, el padre del Bautista, se quedó sin habla, mudo: (Lc 1, 20), mientras que la palabra vino sobre Juan, no en el templo, sino en el desierto. (Lc 3, 2). La Palabra era el medio con el que los profetas comunicaban su fuerza al pueblo. «Así dice el Señor: A Gaza, por tres delitos y por el cuarto, no la perdonaré: porque hicieron prisioneros en masa y los vendieron a Edom» (Am 1, 6).
Con Jesús, la Palabra de Dios es la Palabra de Jesús: “Pero yo les digo” (Mt 5, 22. 28… La Palabra de Jesús tiene tal fuerza, que hace milagros (Mt 8,8; Jn 4, 50-53), perdona pecados (Mt 9, 1-7), transmite su poder personal (Mt 18, 18), perpetúa su presencia (Mt 26, 26-29). Entonces hoy la pregunta fuerte es: ¿Por qué, con tanta frecuencia, la palabra del clero, de los catequistas, de los profesores de religión en los colegios, de los diferentes grupos y movimientos, no es semilla para nada? ¿Por qué esa Palabra resulta tan inexpresiva, tan pesada, tan incómoda, tan rutinaria? ¿No será que, en lugar de “profetas” de la Palabra, tenemos “funcionarios” del templo? ¿No indicará todo esto que nos hemos apegado a una religión rutinaria y cómoda, al tiempo que nos hemos alejado del Evangelio de Jesús?
La Palabra que Dios ha dicho al mundo, es Jesús mismo y Jesús sólo. Porque la encarnación de la Palabra afirma la presencia de Dios mismo en la carne. En Jesús, en su vida, sus hechos y sus palabras, es donde aprendemos quien es Dios, cómo es Dios, lo que tenemos que hacer para relacionarnos con Dios.
Es lo primero que dice el relato: “Salió el sembrador a sembrar”. Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que la semilla pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos. A la gente no le es difícil identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla que lo acoge, y también entre los escribas y fariseos que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su siembra no será estéril.
En este tiempo no es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora, somos nosotros los que lo estamos anunciando con una fe débil y vacilante. No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones. El Papa Francisco dice que, cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, “pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.
Esta parábola es una invitación a la esperanza. La siembra del evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible. A pesar de todos los obstáculos y dificultades y aun con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar otros fracasos y es superior a todas las expectativas.
Los creyentes no hemos de perder la alegría a causa de la aparente impotencia del reino de Dios. Siempre parece que «la causa de Dios» está en decadencia y que el evangelio es algo insignificante y sin futuro. El evangelio no es una moral ni una política, ni siquiera una religión con mayor o menor porvenir. El evangelio es la fuerza salvadora de Dios «sembrada» por Jesús en el corazón del mundo y de la vida de los hombres.
Empujados por el sensacionalismo de los actuales medios de comunicación, parece que sólo tenemos ojos para ver el mal. (Como sucedió el pasado viernes 3 de julio, en los comentarios que hice del mal momento que viví por el abuso de poder, de “algún funcionario”, al querer introducir por la noche del jueves maquinas con propósitos electorales. Cuando se había acordado con la Junta Central y Electoral hacer la entrega el viernes a partir de las 8: 00 am en presencia de todos los delegados de los partidos). Hermanos, ya no sabemos percibir esa fuerza de vida que se halla oculta bajo las apariencias más apagadas o descorazonadoras. Si pudiéramos observar el interior de las vidas, nos maravillaríamos ante tanta bondad, entrega, sacrificio, generosidad y amor verdadero que hay en Dios.
Hay violencia y sangre entre nosotros. Pero está creciendo en muchos hombres el anhelo de una verdadera paz. Se impone el consumismo egoísta en nuestra sociedad, pero cada vez son más los que descubren el gozo de la vida sencilla y del compartir. La indiferencia parece haber apagado la religión, y la vida de la política, pero son muchos los corazones donde se despierta la nostalgia de Dios y la necesidad de la plegaria. La sed de justicia y de amor seguirá creciendo. Y así sucedió este domingo 5 de julio cuando los dominicanos sintieron el llamado de Dios, a salir a defender la democracia y la libertad. Y nos dimos cuenta que la siembra de Jesús no terminará en fracaso.
Lo que se nos pide es acoger la semilla. Dar la vuelta a nuestra vida como una dura y difícil tierra que es preciso remover para que reciba y haga fructificar la siembra de Dios. ¿No descubrimos en nosotros mismos esa fuerza que no proviene de nosotros y que nos invita sin cesar a crecer, a ser más humanos, a transfigurar nuestra vida, nuestra sociedad, a edificar unas relaciones nuevas entre las personas, a vivir con más transparencia, a abrirnos con más verdad a Dios? Es necesario confiar más en Dios, doblar las rodillas y permanecer en oración con la Palabra de vida.
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

