Un Dios que condena despiadadamente es, para un cristiano, bastante difícil de comprender. No se entiende cómo las terribles amenazas referidas al final del texto evangélico puedan ser consideradas como “evangelio”, es decir, como “buena noticia”, como “anuncio de salvación”.
Como siempre, debemos tener en cuenta el contexto y el género literario en el que está escrito. Generalmente este texto se considera como una parábola, pero esto no es exacto; pertenece al género literario llamado escena de juicio, que se encuentra tanto en la Biblia (cf. Dn 7) como en la literatura rabínica. Su objetivo no es el de informar acerca de lo que ocurrirá al final del mundo, sino el de enseñar a cómo comportarse hoy.
No olvidemos nunca que, para Jesús, la vida humana es muy importante y quiere revelar a los discípulos qué valores fundamentan esta vida. Estos valores ocupan la mitad del relato y son tan importantes que Jesús los repite cuatro veces: se trata de las seis obras de misericordia.
La lista de las personas a ayudar –el hambriento, el sediento, el extranjero, el desnudo, el enfermo y el encarcelado– era conocida en todo el Medio Oriente y aparecen en muchos relatos de los distintos pueblos orientales, la única novedad aportada por Jesús es que Él se identifica con estas personas: lo que se haga a uno de estos pequeños, a él se hace.
Fijémonos bien en la intención de Jesús; ninguno de los que han practicado estas obras de misericordia se ha dado cuenta de haberlas hecho a Cristo. El amor es auténtico solamente si es desinteresado, si está libre aun de toda sospecha de autocomplacencia; quien actúa en vistas a la recompensa, incluso la del cielo, no ama aún de forma genuina.
¿Y la condena? Recordemos el contexto. El lenguaje es el típico de los predicadores del tiempo en que se escribe el Evangelio de Mateo, quienes, para conmover a sus oyentes, solían hacer uso de imágenes impresionantes: castigos tremendos, fuego inextinguible, penas eternas. Cuando los rabinos hablaban del “fuego de la Gehena” no se referían al infierno, sino al fuego que ardía constantemente en el valle que rodeaba a Jerusalén y que servía como basurero de la ciudad.
Por eso no vemos la segunda parte del texto como algo distinto, sino como un recurso estilístico para resaltar el concepto ya expresado. Lo que urge a Jesús es indicar el peligro que tenemos de desperdiciar la vida; hacer reflexionar, abrir los ojos, mostrar el juicio de Dios sobre las decisiones que debemos tomar hoy.
La cuestión no es quién será considerado oveja y quién cabra al final del mundo, sino en qué ocasiones hoy nos comportamos como ovejas o cabras. Somos ovejas cuando amamos al hermano, somos cabras cuando lo descuidamos. ¿Qué sucederá al final? Es verdaderamente difícil creer que el buen pastor -a quien nadie logrará arrebatarle ni una sola de sus ovejas, después de habernos dejado saltar como cabritos una vez a la derecha y otra vez a la izquierda, no encuentre la manera de convertirnos a todos… en corderos suyos.
Jesús María Amatria, CMF.

