El hijo de la viuda de Naín (Lucas 7,11-17)
¡Cuánto consuelo hay en esas palabras! Observamos, que el Señor Jesús la vio. No la ignoró. ¡Qué fácil nos es ignorar lo que pasa a nuestro alrededor, sobre todo cuando es desagradable o nos cuesta emotivamente! Pero el Señor Jesús mientras anduvo en este mundo siempre fue sensible a la necesidad. “Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un muerto, el único hijo de su madre, la cual era viuda. Bastante gente de la ciudad la acompañaba”. ¡Qué oportunidad nos permite el Señor de acompañar a los que sufren una pérdida como esta mujer! Después de todo, solamente aquellos que conocen al Señor Jesús como su Salvador pueden dar una palabra de consolación efectiva cuando lo hacen guiados y bajo la dependencia absoluta del Espíritu Santo.
¿Creen ustedes que el Señor Jesucristo sabía que esta viuda había perdido a su único hijo, que no tenía tres o cuatro hijos más para que la consolaran? Yo creo que aquel que es Dios manifestado en carne y todo lo conoce, lo sabía perfectamente. Ahora la Palabra dice que se conmovió. El dolor de esta mujer lo tocó. Lo hizo reaccionar. Jesús de Nazaret no era inmutable ante el dolor humano.
¡Qué precioso es a nuestros corazones reconocer que el Señor Jesucristo, que hoy está en la gloria del Padre, tiene compasión de nosotros! A veces, caminando por la ciudad vemos un mendigo, cuyo aspecto parece bastante saludable y no mueve a la gente que pasa por allí a mucha compasión. Un poco más adelante vemos a otro que sí nos conmueve. Quizás no es que esté pidiendo limosna con más intensidad, pero lo cierto, es que sabe cuáles son las notas que debe tocar.
“Luego se acercó y tocó el féretro”. Notemos los detalles: “Se acercó”. El Hijo de Dios se acercó. Dios se acerca a nosotros una y otra vez. Notemos también que se acercó al féretro. Él hizo algo que el judío religioso tradicionalista nunca hubiera hecho: tocar algo que de alguna manera estaba contaminado por un muerto. Sin embargo, Jesús de Nazaret no tiene miedo a ser contaminado porque él es tres veces santo.
Noten que el hecho de tocar el féretro era algo tan inusual que los que lo llevaban pararon. La caravana de la muerte se ha detenido y aquel que es la resurrección y la vida va a obrar un milagro. Todo sucede de una manera muy sencilla. Me imagino el momento en que los que lo llevaban se detienen.
¿Para qué se detienen? ¿Podrá Jesús de Nazaret hacer algo en esta situación sin esperanza? El Maestro con voz firme expresa: “‘joven, a ti te digo: ¡Levántate! Entonces el que había muerto se sentó y comenzó a hablar. Y Jesús lo entregó a su madre”.
Notemos que la Escritura dice: “lo entregó a su madre”. La Palabra de Dios guarda silencio ante una escena sin duda tremendamente conmovedora. Los ojos de todos los que están presentes no lo pueden creer. El joven está vivo. El Maestro se lo entrega a su madre. Ella lo toma, lo abraza, lo besa y dice: “¡Mi hijo está vivo!”. Creo que de corazón alaba a Dios por esta misericordia.
Al Señor Jesús, una y otra vez lo vemos en los Evangelios siendo movido a la compasión. ¿Qué es lo que Jesús de Nazaret vio en esta mujer? Sus ojos hinchados de tanto llorar apenas se podrían ver.
Pero ¡qué precioso es para nuestros corazones el saber que un día los féretros de los creyentes quedarán vacíos!
Extracto de reflexión tomado de https://www.escuelabiblica.com

