«DESTRUYAN ESTE TEMPLO, Y EN TRES DÍAS LO LEVANTARÉ».
Acompañado de sus discípulos, Jesús sube a Jerusalén para celebrar las fiestas de Pascua. Al asomarse al recinto que rodea el Templo, se encuentra con un espectáculo inesperado. Vendedores de bueyes, ovejas y palomas ofreciendo a los peregrinos los animales que necesitan para sacrificarlos en honor a Dios. «Quiten esto de aquí». Es de esa manera como se construyen algunas ideas de nuestro evangelio: Pascua, religión, mesianismo, culto, relación con Dios, vida, sacrificios. Jesús expulsa propiamente a los animales del culto. No debemos pensar que Jesús la emprende a latigazos con las personas, sino con los animales. Los animales eran los sustitutos de los sacrificios a Dios. Por tanto, sin animales, el sentido del texto es más claro: Jesús quiere anunciar, proféticamente, una religión nueva, personal, sin necesidad de “sustituciones”.
El evangelio de Juan nos presenta esa escena de Jesús que cautiva a mentes proféticas y renovadoras. En el marco de la Pascua, la gran fiesta religiosa y de peregrinación, por parte de los judíos piadosos a Jerusalén. Está ahí, en el corazón del evangelio, para ser una crítica de nuestra “religión” sin corazón, con la que muchas veces queremos comprar a Dios. Es la condena de ese tipo de religión sin fe y sin espiritualidad, que se ha dado siempre y se sigue dando frecuentemente. Sin olvidar que este episodio ha quedado marcado en la tradición cristiana como un hito, por considerarse como acusación determinante y una de las causas inmediatas para condenar a muerte a Jesús.
Juan nos recuerda a los seguidores de Jesús, que no hemos de sentir nostalgia del viejo templo. Jesús, «destruido» por las autoridades religiosas, pero «resucitado» por el Padre, es el «nuevo templo». Pues para quienes ven en Jesús el nuevo templo donde habita Dios, todo es diferente. Para encontrarse con Dios, no basta entrar en una iglesia. Es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu. Los verdaderos adoradores son aquellos que viven ante Dios «en espíritu y en verdad». La verdadera adoración consiste en vivir con el «Espíritu» de Jesús en la «Verdad» del Evangelio.
Apreciados hijos de Dios, en el mundo actual, podemos notar el desapego y el desamor que hay para las cosas sagradas. En muchos países se da la destrucción de los templos, la profanación de la Sagrada Eucaristía, el uso indebido que se da en las afueras de esos lugares santos. La utilización como mercados, vendiendo u ofreciendo otras e incluso con centros de diversión a pocos metros, ofreciendo allí todo tipo de antivalores. Quitándole estos, el sentido central que deben tener los lugares creados para la oración y el encuentro con Dios.
Si supiéramos la importancia del silencio, la reverencia y el respecto que se debe tener en las Iglesias, no permitiríamos que se crearan cerca, esos lugares que se roban la paz y el sentido de un encuentro vivo con Cristo o con nuestro Padre Celestial. Otra situación que también nos distrae dentro del templo, y muchas veces en medio de la eucaristía, que nos desconcentra y nos roba el sentido a lo que queremos vivir, creando incomodidad a los que están a nuestro alrededor, es el uso del celular.
En el evangelio de hoy se nos presenta un conflicto que Jesús tuvo con aquellos hombres que han contaminado este templo. Lo que ven sus ojos nada tiene que ver con el verdadero culto a su Padre. La religión del Templo se ha convertido en un negocio donde los sacerdotes buscan buenos ingresos, y donde los peregrinos tratan de “comprar” a Dios con sus ofrendas. Convirtiendo aquel lugar sagrado en una cueva de bandidos y ladrones. El enfado de Jesús no es con la gente de afuera, sino con los de adentro. Funcionarios, religiosos, maestros de la ley entre otros. Él quiere ofrecer a su pueblo como un tiempo de nuevo renacimiento, donde aquellos lugares sirvieran para el encuentro con Dios a través de la oración y a través de la enseñanza. Pues, él muestra a un Dios cercano, gratuito. Él nos ofrece una relación con un Dios que es para todos y en el cual debemos confiar y ofrecer nuestro tiempo para convertir su espacio en lugar para nuestra oración.
Y así como Jesús, podamos reaccionar, denunciar y gritar ante lo que está mal. Aquel Templo no es la casa de un Dios Padre en la que todos se acogen mutuamente como hermanos y hermanas. Jesús no puede ver allí a esa “familia de Dios” que quiere ir formando con sus seguidores. Aquello no es sino un mercado donde cada uno busca su negocio. Quiere que podamos participar a la vez de esa transformación hacia un mundo mejor. Hacernos discípulos de Jesús para conocer la buena noticia como la que hoy nos da Jesús. Y es la de hacer de nuestras Iglesias o Templos, lugares de encuentro y fraternidad donde se respire una espiritualidad llena de amor y paz.
Porque casi sin darnos cuenta, todos nos podemos convertir hoy en “vendedores y cambistas” que no saben vivir sino buscando solo su propio interés. Estamos convirtiendo el mundo en un gran mercado donde todo se compra y se vende, y corremos el riesgo de vivir incluso la relación con el Misterio de Dios de manera mercantil. Es cierto que nuestra vida sólo es posible desde el intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir todas nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.
Y en este tiempo de pandemia, más que nunca, hemos de hacer de nuestras comunidades cristianas un espacio donde todos nos podamos sentir en la «casa del Padre». Una casa acogedora y cálida donde a nadie se le cierran las puertas, donde a nadie se le excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los hijos más desvalidos de Dios y no solo nuestro propio interés. Una casa donde podemos invocar a Dios como Padre porque nos sentimos sus hijos y buscamos vivir como hermanos. El Dios que habita en Jesús es de todos y para todos. En este templo no se hace discriminación alguna. Pues quien conoce «la sensación de la gracia» y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede introducir algo bueno y nuevo en este mundo en donde tantas personas mueren de soledad, por el hambre, la sed, por esta terrible enfermedad y por falta de amor.
Acojamos este evangelio orando: «Jesús entró en el templo. Y empezó a expulsar. A los que estaban vendiendo. Pero dice la escritura. Mi casa es de oración. Pero ustedes la han convertido. En una cueva de ladrones. Todos los días en el templo. Jefes de los Sacerdotes. Maestros de la ley. Y jefes que son del pueblo. Pero ellos lo que buscaban. Cómo iban a matarlo. No encontraron la manera. Como debían hacerlo. A Jesús toda la gente. Le ponía atención. Y con agrado lo escuchaban». Amén.
Pidamos al Señor que nos de la gracia de la fuerza que tuvo para defender la casa de su Padre. Que así nosotros podamos defender el templo de la Iglesia que somos nosotros mismos. Y con esta otra oración podamos tener más confianza en Dios: «Yo te doy mi corazón. Para que ame como el mío. Yo te digo hijo/a mío. Ama como te amo a ti. Da del amor que te di. Que hay muchos que no tienen. Tu Dios que vive en el cielo. Te mira con mucho amor. Hijo/a de mi corazón. Cada día te quiero más. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

