«SANÓ A MUCHOS ENFERMOS DE DOLENCIAS DIVERSAS».
En la sinagoga de Cafarnaúm Jesús ha liberado por la mañana a un hombre poseído por un espíritu maligno. Ahora se nos dice que sale de la «sinagoga» y marcha a «la casa» de Simón y Andrés. Jesús tenía que buscar una fuerza poderosa en la oración y en la intimidad con Dios, para decir y hacer lo que hizo en aquella “jornada”: ir a las casas, a los lugares públicos como la puerta de la ciudad, para liberar a los hombres de sus males.
Jesús pasa de la sinagoga, lugar oficial de la religión judía, a la casa, lugar donde se vive la vida cotidiana junto a los seres más queridos. En esa casa se va a ir gestando la nueva familia de Jesús.
Apreciados hermanos, cuántas enfermedades hay en el mundo. Muchas de ellas físicas, pero existen otras que son existenciales, que dominan, oprimen, deprimen y derrotan a quien la posee. Muchas de estas enfermedades nos dejan tirados, sin ánimo ni fuerza para continuar, y nos alejan prácticamente de la sociedad y del mundo. Y aunque muchas veces encontramos quien nos tienda una mano, en otros casos no se encuentra la ayuda necesaria para levantarse, para quien se siente postrado por la pobreza, la violencia y la corrupción. Son las grandes enfermedades que hoy aquejan al mundo.
Esas son las que nos aquejan grupalmente o como sociedad. Pero hay otras que nos afectan personalmente. Por ejemplo: la enfermedad del odio, de la depresión, los espíritus del mal que no le permiten vivir una vida en paz, ni mucho menos ponerse al servicio, ni amar a los demás. Y vemos que una sola persona es capaz de ayudar a ponernos de pie, y alejar de tu vida todo ese mal que te destruye y te oprime.
Sería bueno que nos preguntáramos ¿Qué podríamos hacer para alejar el mal y tantas enfermedades de nuestras vidas? Te presentas ante Dios, a través de la oración y pones todo en sus manos. Cabe resaltar que la oración crea lazos y fortaleza para sobrellevar todo lo que estemos viviendo.
El Evangelio de hoy nos presenta al Señor que ha venido y está cerca. Él no para; se mantiene en movimiento constante llevando fuego en su corazón. Por eso, se da en él curación. Lo vemos que no anda solo, sino que se hace acompañar de sus primeros apóstoles y juntos van a ver a otros dos. Y se encuentran con aquella mujer aquejada por una fiebre que la tiene postrada. Él se acerca, la toma de la mano, la levanta y la toca, compadeciéndose así de toda miseria humana. Jesús al acercarse a los que sufren, mira de cerca su rostro y comparte su sufrimiento. Así está siempre Jesús en medio de los suyos: como una mano tendida que nos levanta, como un amigo cercano que nos infunde vida.
Podemos decir que con aquella liberación pone de manifiesto la misericordia de Dios, y con esta curación Jesús restaura la vida para el servicio. Porque ésta, inmediatamente es liberada, se pone de pie y atiende a los demás. Cabe notar que ella no solo recupera la salud, sino también la dignidad. Y vemos que Jesús no pone ningún obstáculo para curar a tantos que se le acercaban. Porque él justamente vino a traer la salvación y la vida, pero Jesús busca siempre un espacio para apartarse a orar, y así experimentar el amor del Padre Dios y de esta manera hacerse más cercano al pueblo. Él busca fuerza y fortaleza a través de la oración, para así continuar y llegar a todos y así poder tocar su corazón. Y que en su nombre sean curados.
Hoy nosotros también estamos necesitados de presentarle algo de nuestra vida, de ponernos frente a la puerta para que él nos toque y nos transforme y que también podamos estar al servicio de los demás. Porque Jesús no solo actuó en aquel pueblo, sino que su amor se extendió durante toda su vida terrena. Y aún sigue haciendo el bien a todos nosotros. Por el gran amor que él por ti siente.
Que a través de este texto podamos comprender la importancia de la oración y de cómo vivir los acontecimientos difíciles de la vida. Que podamos pedir a Jesús que nos lleve de la mano y que nos de la gracia de servir, amar y vivir con la alegría del evangelio. Es por esta razón que los seguidores de Jesús hemos de grabar bien esta escena: Al llegar la oscuridad de la noche, la población entera, con sus enfermos, «se agolpa a la puerta». Los ojos y las esperanzas de los que sufren buscan la puerta de esa casa donde está Jesús. La Iglesia solo atrae de verdad cuando la gente que sufre puede descubrir dentro de ella a Jesús curando la vida y aliviando el sufrimiento.
Y en medio de su intensa actividad de profeta itinerante, Jesús cuidó siempre su comunicación con Dios en el silencio y la soledad. Jesús solía retirarse de noche a orar. Esa misma noche, «de madrugada», entre las tres y las seis de la mañana, Jesús se levanta y, sin avisar a sus discípulos, se retira al descampado. «Allí se puso a orar». Necesita estar a solas con su Padre. No quiere dejarse aturdir por el éxito. Sólo busca la voluntad del Padre: conocer bien el camino que ha de recorrer. Es urgente. Los cristianos, por lo general, ya no sabemos estar a solas con el Padre. Los teólogos, predicadores y catequistas hablamos mucho de Dios, pero hablamos poco con él. La costumbre de Jesús se olvidó hace mucho tiempo. En las parroquias se hacen muchas reuniones de trabajo, pero no sabemos retirarnos para descansar en la presencia de Dios y llenarnos de su paz.
Y más en este tiempo de esta terrible enfermedad, en la cual nos hemos dado cuenta de que somos vulnerables. Sin darnos cuenta llegó la enfermedad, la cual es una de las experiencias más duras del ser humano. No sólo padece el enfermo que siente su vida amenazada y sufre sin saber por qué, para qué y hasta cuándo. Sufre también su familia, los seres queridos y los que le atienden. De poco sirven las palabras en este tiempo. Y poco sirven las explicaciones. Si antiguamente nos preguntábamos: ¿Cómo estar junto al familiar o el amigo gravemente enfermo? Si el que padece este virus es hoy un excluido de la sociedad y del ámbito familiar y laboral. Cuando en este texto vemos que lo primero es acercarse al enfermo. Al que sufre no se le puede ayudar desde lejos. Hay que estar cerca. Sin prisas, con discreción y respeto total. Ayudarle a luchar contra el dolor. Darle fuerza para que colabore con los que tratan de curarlo. Y claro que es necesario acompañarlo en las diversas etapas de la enfermedad y en los diferentes estados de ánimo. Ofrecerle lo que necesita en cada momento. Tener paciencia y aunque no podemos estar cerca de un contagiado, desde la oración podemos estar muy cerca de él.
Es importante saber escuchar al enfermo. Que el enfermo pueda contar y compartir lo que lleva dentro: las esperanzas frustradas, sus quejas y miedos, su angustia ante el futuro. Es un respiro para el enfermo poder desahogarse con alguien de confianza. La verdadera escucha exige acoger y comprender las reacciones del enfermo. La incomprensión hiere profundamente a quien está sufriendo y se queja. «Ánimo», resignación» … son palabras inútiles cuando hay dolor. Sólo la comprensión de quien acompaña, con cariño y respeto, alivia.
El enfermo puede necesitar también reconciliarse consigo mismo, curar las heridas del pasado, dar un sentido más hondo a su dolor, purificar su relación con Dios. El creyente puede ayudarle a orar, a vivir con paz interior, a creer en el perdón y confiar en su amor salvador. Es por esta razón que el evangelista nos dice que las gentes llevaban sus enfermos y poseídos hasta Jesús. Él sabía acogerlos con cariño, despertar su confianza en Dios, perdonar su pecado, aliviar su dolor y sanar su enfermedad.
Te invito a que terminemos orando con el mismo texto: «Pero al salir Jesús. Y fue de la Sinagoga. Él fue con Santiago y Juan. A casa de Simón y Andrés. Pero a Jesús le dijeron. Que la suegra de Simón. Estaba enferma con fiebre. Y se le acercó Jesús. Con tomarla de la mano. En seguida se levantó. Y la fiebre le pasó. Ella se puso a servirles. Y cuando se puso el sol. Le llevaron a Jesús. Enfermos y poseídos. Pero golpeaban la puerta. Curó a muchos enfermos. Y expulsó a muchos demonios. Y ellos lo conocían. Pero no les permitía. Que se pusieran a hablar. Pero muy de madrugada. Fue Jesús al descampado. Allí se puso a orar. Simón y sus compañeros. Le dijeron a Jesús. Todo el mundo a ti te busca. Pero Jesús respondió. Vámonos a la otra aldea. Para predicar también. Para esto yo he salido. Recorrió a Galilea. Predicó en la sinagoga. Y expulsó los demonios. Amén».
O con esta oración si te encuentras padeciendo alguna enfermedad oremos con fe: «En tus oraciones hijo/a. Tú le vas a pedir a Dios. Que te llene de la gracia. Y que tú puedas curar. Todo en nombre de Jesús. Con la fuerza de lo alto. Y vivir en oración. Enfermos y endemoniados. Van a quedar liberados. Con la gracia que Dios te ha dado. En el nombre de Jesús. Todos quedaron sanados. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

