Evangelio: Lucas 3,10-18
En este Tercer Domingo de Adviento la liturgia nos habla de Dios como el Señor de la danza. El Señor se siente feliz por venir a nosotros: “Él danzará con gritos de alegría por ustedes, como en un día de fiesta”. Para el Señor, el estar con nosotros es una auténtica fiesta. Abrámonos a la alegría de la venida y de la presencia duradera del Señor entre nosotros. Él viene a nosotros con su paz, su amor y su perdón, no solamente en la gran fiesta de Navidad sino en cada eucaristía y cada día, cuando estamos dispuestos a hacer crecer en nosotros y en nuestro mundo el amor y la paz de Dios.
En la primera parte del evangelio que la liturgia nos presenta hoy, hay tres grupos de personas, el pueblo, los recaudadores de impuestos, los soldados, que se acercan al Bautista para recibir de él exhortaciones concretas.
La pregunta: “¿Qué debemos hacer?” en Lucas indica la total disposición para aceptar la voluntad de Dios por aquellos que son conscientes de estar fuera del camino, están decididos a cambiar de vida y buscan una indicación sobre la ruta a seguir.
El Bautista no elige el camino específicamente “religioso”, no recomienda prácticas devocionales, ceremonias penitenciales, ayunos, oraciones, retiros espirituales en el desierto. Exige algo muy concreto: una revisión radical de la propia vida desde el principio del amor a los hermanos. El amor, la solidaridad, el compartir, la eliminación de las desigualdades y los abusos de poder, son las palabras claves de su discurso.
En la segunda parte del evangelio, el Bautista emplea un lenguaje aparentemente duro y amenazador. Habla de separar el buen trigo de la mala paja a la que amenaza con la destrucción en el fuego interminable. Sin embargo, el evangelista concluye el discurso de Juan con una frase sorprendente: “Con estas y otras muchas palabras anunciaba al pueblo la Buena Noticia”. Parece ser que para Lucas el mensaje severo de Juan el Bautista es una Buena Noticia, es un anuncio agradable, es la promesa de un acontecimiento feliz.
Y así es. En el texto vemos que el Bautista no amenaza con ningún castigo de Dios; solo habla de la venida del Espíritu Santo y del fuego que destruirá la paja.
Juan bautizaba con agua, Realizaba un gesto que era sumergirse en el Jordán significando la purificación de las manchas del pecado y la muerte a la vida pasada. Juan era consciente de que su bautismo era incompleto. Él sabía que el agua que empleaba era un baño exterior.
El Bautismo de Jesús no es agua que limpia lo exterior, sino que penetra dentro, que vivifica y transforma. Aparece también la imagen del fuego. No es el fuego preparado para castigar a los pecadores. El único fuego que Dios conoce es el que trajo Jesús, es el Espíritu que renueva la faz de la tierra, que descenderá del cielo el día de Pentecostés y unirá a los hombres en un solo idioma, el del Amor. Este Espíritu es el que quemará la paja, que son los pecados, no los pecadores. Ya los pecadores pueden conseguir la felicidad, son liberados de los pecados que les mantienen esclavizados.
El Bautista señala el camino para dejar al corazón llenarse de la verdadera alegría: preparar la venida del Señor en la propia vida a través del compartir los bienes con los pobres y del rechazo a cualquier forma de abuso, de opresión, de prevaricación contra el hermano.
Jesús María Amatria, CMF.

