Evangelio: Juan 21,1-19
Juan en el Evangelio que la liturgia nos propone este tercer domingo de Pascua quiere anunciarnos, por una parte, que los apóstoles tuvieron la experiencia del Resucitado, pero por otra, quiere catequizar a los cristianos de su comunidad.
El domingo pasado leímos dos manifestaciones del Señor, las dos en domingo. Así es como Juan quiere que los cristianos caigamos en la cuenta de que cada vez que nos reunimos en el día del Señor para celebrar la Eucaristía, el Señor resucitado está en medio de nosotros.
Hoy la aparición no es el domingo, sino que Jesús se les apareció en un día laborable. ¿Qué misión nos encomienda Jesús para realizar durante la semana? Con un lenguaje lleno de simbolismo Juan intenta responder a este interrogante.
Lo primero a resaltar es que son siete los ocupantes de la barca. Este número representa la perfección, lo completo. Pedro y los otros seis representan a todos los discípulos que componemos la comunidad cristiana. Representa también a los diversos tipos de cristianos que somos con nuestras limitaciones y nuestros defectos.
El mar era para los israelitas el símbolo de todas las fuerzas hostiles a la humanidad. Ir a pescar, por lo tanto, significa salir de esta condición de “no vida” a rescatar a las personas de la acción de las fuerzas malignas que las mantienen en situaciones de muerte. Así entendemos lo que quería decir Jesús cuando dijo a sus discípulos: “Síganme, y los haré pescadores de hombres”.
La oscuridad que acompaña a la noche tiene también un significado negativo. Sin luz, la “pesca” de los discípulos no puede obtener ningún resultado. No solo les falta la luz, sino también les falta Jesús. Por fin comienza a amanecer y, con el nuevo día, llega la luz, la luz verdadera que como un Sol naciente “ilumina a todo hombre”. Es Jesús.
El resultado de la misión de la Iglesia se manifiesta por la extraordinaria cantidad de peces capturados, 153. Este número tiene un significado simbólico. Se desprende de 50 x3 + 3. Para los israelitas el número cincuenta indica toda la gente; el número 3 representa la perfección y la plenitud.
Juan así nos comunica, en el evangelio de hoy, que la comunidad cristiana va a conseguir un gran éxito en su misión de Salvación. Todos, toda la humanidad, serán liberados de las ataduras de la muerte que la tienen cautiva y la llevan a la ruina, como las aguas rugientes del mar. Los discípulos tendrán éxito en esta enorme empresa de la proclamación del Evangelio, pero para ello siempre se tienen que dejar guiar por la voz del Resucitado que está en la tierra, en su condición de Resucitado.
Nadie va a quedar afuera de la obra de la Salvación realizada por la comunidad. La red no se rompe, a pesar de la gran cantidad de peces, Pedro consigue mantener firme y plenamente la unidad de los creyentes a pesar de su número y la consiguiente diversidad de culturas, ideas, idiomas, entre otras. El pan es ofrecido de forma gratuita por Jesús. ¡Es la Eucaristía! Es el pan que da el Resucitado.
La última parte del texto describe la misión de Pedro. Jesús no ha otorgado a Pedro el poder de mando para dar órdenes como un pastor guía a sus ovejas. Y, menos aún, lo ha hecho de una casta privilegiada y separada de la comunidad de hermanos y hermanas. Pedro no era inmune a esta tentación, llegó hasta el punto de rechazar el gesto del Maestro que quería lavarle los pies. Jesús le pide que cuidara de las ovejas, quiere que se manifieste en Pedro la capacidad de amar.
Podemos aprovechar para orar al Espíritu que ilumine a los cardenales y que nuestro próximo sucesor de Pedro haga realidad la recomendación que Jesús le hace, “apacienta mis ovejas”.
Jesús María Amatria, CMF.

