Los convidados no hicieron caso.
Las comunidades de Mateo son preferentemente judeocristianas, a las que comenzaban a unirse muchos paganos. Esto crea una situación de conflicto con dificultades de aceptación de muchos y con el rechazo de algunos a la inclusión de los paganos. Jesús, cuando pronunció esta parábola estaba hablando a los principales sacerdotes y ancianos del pueblo.
Mateo nos habla de un rey rechazado por los magnates, que tras ser maltratados y asesinados algunos de sus criados, manda atacar y destruir la ciudad. Ahora se debe ir a los cruces de los caminos para instar a los transeúntes a que vengan al banquete. Como es lógico, vinieron toda clase de gentes, buenas y malas. Jesús pone de manifiesto la fiesta de la libertad de Dios que llama a todo el que encuentra. «Se reúnen aquí dos parábolas: la de la invitación a la boda (22,1-10), que contempla el destino del pueblo judío y la del hombre vestido indignamente (22,11-14), dirigida a la comunidad cristiana».
Los vv. 11-14 sobre el traje de bodas, deben ser un añadido independiente. Estaríamos ante una reconstrucción alegorizante para la comunidad de Mateo, que saca unas consecuencias nuevas para los miembros de esa comunidad cristiana tan particular, con objeto de que sepan responder siempre a la llamada que se les ha hecho. Pensemos en la «justicia» de las buenas obras, del compromiso constante, de la perseverancia.
La parábola es escandalosa y debe seguir siéndolo en cuanto a los motivos de los que rechazan el banquete, así como en la actitud del rey que, en vez de suprimir el banquete, invita a todo el que se encuentre por los caminos: hay que buscar a las personas que no están atadas a nada ni a nadie; que son libres. El banquete no es un acto burlesco, sino que Jesús piensa en el festín de la salvación; no en una fiesta de compromiso, sino de libertad. Quien no posea esa actitud, “ese vestido”, estará echando por tierra la fiesta de la libertad y de la gracia.
La boda es sinónimo de alegría, de felicidad, de plenitud, Jesús, para hablarnos del Reino de Dios nos habla de una boda y de una invitación que dirige todos, judíos y paganos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, inmigrantes o nativos, a participar de la fiesta, de la alegría del Reino.
¿Y los invitados? Parece que en el trasfondo de las palabras de Jesús está el rechazo del pueblo de Israel al Mesías. ¿Y los invitados? Yo, tu, comunidades, iglesia… ¿Escuchamos al Señor, escuchamos la voz de los sin voz a través de la cual Dios también nos llama? ¿Dejamos que Él vaya cambiando nuestro corazón, nuestras actitudes?
Dios no se rinde, pero nosotros… priorizamos tantas y tantas cosas en lo cotidiano de nuestra vida que nos dificultan, si no el oír, sí el responder porque no acabamos de captar todo lo que esta invitación nos puede aportar a nuestra vida; alegría, plenitud. Tengo tantas cosas que hacer…
“Vayan a los cruces del camino”. Seguro que en alguno de estos tres escenarios nos encontramos nosotros respondiendo a la invitación del Señor, captando la llamada que hace a todos, hoy el “todos” es más amplio que judíos y paganos del tiempo de Jesús. Sintámonos invitados y alegrémonos cuando nos encontramos con nuevos invitados algunos quizás, fuera de nuestros esquemas.
Tengamos en cuenta los pasos que se requieren para llegar al banquete del reino de los cielos. Notemos en primer lugar que la iniciativa no es cosa nuestra sino que proviene de Dios, que es quien anuncia el banquete, el mismo que invita a todos a participar en él.
En este tiempo de pandemia que ha detenido al mundo y que ha hecho un gran cambio en sus vidas, algunos se han quedado sin trabajo, sin comida y otros incluso han perdido sus vidas. La realidad nos desconcierta y nos lleva a sentir miedo, a sentirnos desamparados sin encontrar qué hacer.
Pero hoy el Señor nos invita a un banquete, que es él, que es su reino. Pero hay algunos invitados que se excluyen ellos mismos por los tantos afanes e intereses en sus vidas personales. Esos no son dignos de entrar a su reino dice el Señor. Porque lo han rechazado a él y su propuesta de salvación. Dios nos ha invitado con amor, pero, con nosotros vivir tan ocupados en otros asuntos lo hemos rechazado. Mas, como el banquete está preparado, el quiere volver a invitarte y aunque tú no seas tan bueno, hoy tu vida él quiere cambiar.
A ti que te sientes excluido de una sociedad injusta, donde muchos te han rechazado, porque no eres adinerado, ni mucho menos intelectual. A ti el señor te ha venido a invitar a que aceptes y acojas con gozo la invitación a formar parte de su reino. Solo tienes que tener tu corazón preparado, porque tú has sido su elegido. El camino de seguir al Señor no es tan fácil ni sencillo, porque lo que te convierte en su elegido es el amor que él siente por ti. Y hoy él quiere decirte que no eres solo invitado, sino también elegido para él poder estar contigo.
Y una vez aceptada la invitación de Jesús a participar de su Reino, nos advierte que sus seguidores, los que se comprometen con su causa, han de revestirse de unas actitudes nuevas. “Revístanse, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia…” (Col 3,12-14).
Terminemos orando con el pasaje: Un rey hizo un banquete. Para la boda de su hijo. Pero fueron a llamar. A los invitados del rey. Ninguno quiso ir. Ya el banquete preparado. Novillos y reces cebados. Ninguno hizo caso. Pero aquellos invitados. No merecen ir a la boda. Mandaron a invitar. A los malos y a los buenos. Y la sala se llenó. De todos los convidados. Se fijó en uno de ellos. Que iba para la boda. Pero el rey le dijo a él. Amigo cómo has entrado. Y entonces el rey les dijo. A los que atendían la mesa. Átenlo de pies y manos. Arrójenlo para fuera. Irá a la oscuridad. Allí también llorará. Y rechinarán los dientes. Hay muchos que son llamados. Y pocos los escogidos. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

