A un pueblo que produzca frutos.
El evangelio nos propone la parábola de los viñadores homicidas y está en continuidad con los textos de Mateo que muestran las polémicas de Jesús con los dirigentes judíos antes de la pasión, viniendo a poner el punto final de una polémica que comenzó en Galilea. Con sus transformaciones en la comunidad cristiana después de la pasión de Jesús, es una puerta siempre abierta a la conversión, a la esperanza. Los hombres, que en tiempos de Jesús aguardaban a que se diera en su generación la irrupción de un mundo nuevo e inaudito, se percataron de que aquella parábola iba por ellos y no quisieron aceptar que había llegado el tiempo nuevo, con aquél profeta que les hablaba de esa manera. Jesús se encuentra en el recinto del Templo, rodeado de un grupo de altos dirigentes religiosos. Nunca los ha tenido tan cerca. Por eso, con audacia increíble, pronuncia una parábola dirigida directamente a ellos. Sin duda, la más dura que ha salido de sus labios.
Apreciados hermanos, en este tiempo de pandemia que ha detenido al mundo y ha hecho un gran cambio en nuestras vidas, algunos se han quedado sin trabajo, otros se han quedado sin comida, muchos han perdido sus casas y otros incluso han perdido sus vidas. Esta realidad nos desconcierta y nos ha llevado a sentir miedo, a sentirnos desamparados sin encontrar qué hacer.
Hoy, por medio de esta parábola, el Señor nos invita a trabajar en su viña. Pero resulta que algunos invitados se aprovechan de su cargo para apropiarse de lo que no les pertenece. Esos no son dignos de entrar a su reino, porque han rechazado al mismo Dios y su propuesta de salvación. Dios los había cuidado desde el comienzo con todo cariño. Eran su “viña preferida”. Esperaba hacer de ellos un pueblo ejemplar por su justicia y su fidelidad. Serían una “gran luz” para todos los pueblos.
Sin embargo, aquel pueblo fue rechazando, al matar uno tras otro, a los profetas que Dios les iba enviando para recoger los frutos de una vida más justa. Por último, en un gesto increíble de amor, le envió a su propio Hijo. Pero los dirigentes de aquel pueblo terminaron con él.
Los dirigentes religiosos que escuchan atentamente el relato, responden espontáneamente en los mismos términos de la parábola: el señor de la viña no puede hacer otra cosa que dar muerte a aquellos labradores y poner su viña en manos de otros. Jesús saca rápidamente una conclusión que no esperan: “Por eso yo les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca frutos”.
Quien entiende que esta parábola nos introduce en un mundo donde sólo hay vida y no se vive a costa de otras vidas, habrá dado con esa puerta abierta a la esperanza, a la fraternidad, a la paz y a la justicia. Sabemos que la realidad última para la fe cristiana, es Dios mismo, pero como Dios Padre de todos los hombres. Era el Padre de Jesús, el profeta de Nazaret, y ese Dios, cuando se asesina a cualquier hombre, siente en sus entrañas lo que sintió con la muerte de Jesús. También esta parábola de Jesús es un canto de amor por la vida.
La religión que mata o permite guerras en nombre de Dios, no es exactamente “religión”, religación a Dios. Por eso es una parábola que debe leerse clara y contundentemente contra los fundamentalismos religiosos que amenazan tan frecuentemente a los pueblos y a las culturas. No hay apologética capaz de defender a “nuestro Dios” con la muerte de los otros, porque en todos esos asesinados, Dios mismo está muriendo. Y si Jesús fue eliminado, creyendo los dirigentes que daban gloria a su Dios, se encontraron con que esa muerte se ha convertido en la “piedra angular” de una religión nueva de amor y de paz, quedando así los asesinos fundamentalistas, sin Dios y sin religión.
Desbordados por esta crisis de la pandemia a la que ya no es posible responder con pequeñas reformas, distraídos por discusiones que nos impiden ver lo esencial, sin coraje para escuchar la llamada de Dios a una conversión radical al Evangelio, la parábola nos obliga a hacernos serias preguntas:
¿Somos ese pueblo nuevo que quiere Jesús, dedicado a producir los frutos del reino o estamos decepcionando a Dios? ¿Vivimos trabajando por un mundo más humano? ¿Cómo estamos respondiendo desde el proyecto de Dios a las víctimas de la crisis económica y a los que mueren de hambre porque se quedaron sin empleo?
¿Respetamos al Hijo que Dios nos ha enviado o lo echamos de muchas formas “fuera de la viña”, es decir, de nuestras casas en este tiempo de encerramiento? ¿Estamos acogiendo la tarea que Jesús nos ha confiado de humanizar la vida? ¿Qué hemos aprendido en estos meses? ¿Qué hacemos con los hombres y mujeres que Dios nos envía también hoy, para recordarnos su amor y su justicia? ¿Ya no hay entre nosotros profetas de Dios ni testigos de Jesús en nuestra amada República Dominicana? ¿Ya no los reconocemos?
La parábola está hablando también de nosotros. Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. También ahora, Dios quiere que los trabajadores indignos de su viña sean sustituidos por un pueblo que produzca frutos dignos del reino de Dios. Si no respondemos a sus expectativas, Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación con otras gentes que produzcan frutos de justicia
La mayor tragedia que puede sucederle al cristianismo de hoy y de siempre, es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y, que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu.
En esto consiste el núcleo de la fe cristiana: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que quien crea no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). La última palabra de Dios sobre la historia no puede ser sino una palabra de gracia. El juicio pondrá al descubierto la verdad de nuestras vidas y la profundidad real del mal, pero también la inmensidad del amor infinito de Dios. Para ello, ante el Juicio final, la reacción más cristiana no es el miedo irracional e insano, sino el reconocimiento de nuestro pecado y la confianza en el perdón de Dios.
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

