Según el relato de Mateo, la familia de Jesús ha vivido la experiencia trágica de los refugiados, obligados a huir de su hogar para buscar asilo en un país extraño. Con el nacimiento de Jesús, la paz no ha llegado a su casa. Al contrario, enseguida se han visto envueltos por toda clase de amenazas, intrigas y penalidades.
Debemos de soñar. La paz que trae el Mesías no es un regalo llovido del cielo. La acción salvadora de Dios se abre camino en medio de amenazas e incertidumbres, lejos del poder y la seguridad. Lo reconocemos compartiendo la suerte de quienes viven en la inseguridad y el miedo, a merced de los poderosos. Una cosa es clara: sólo habrá paz cuando desaparezcan los que atentan contra los inocentes. Trabajar por la paz es luchar contra los abusos e injusticias. Hemos de saber que nuestra vida está sostenida y guiada por la “Presencia invisible” de Dios, al que debemos buscar en la oscuridad de la fe. Así busca José, entre pesadillas y miedos nocturnos, luz y fuerza para defender a Jesús y a su madre. Así se defiende la causa de Jesús.
Las fiestas de Navidad han tenido entre nosotros un carácter entrañable, diferente al de otras fiestas que se suceden a lo largo del año. Aun hoy, estos días navideños se caracterizan por un clima más familiar y hogareño. Para muchos siguen siendo una fiesta de reunión y encuentro familiar. Ocasión para reunirse todos alrededor de una mesa, a compartir con gozo el calor del hogar.
Estos días parecen reforzarse los lazos familiares. Se diría que es más fácil la reconciliación y el acercamiento entre familiares enfrentados o distantes. Por otra parte, se recuerda más que nunca, la ausencia de los seres queridos muertos o alejados del hogar. Sin embargo, es fácil observar que el clima hogareño de estas fiestas se va deteriorando más cada año. La fiesta se desplaza fuera del hogar. Los hijos corren a las salas de fiestas. Las familias se trasladan al restaurante.
El encuentro familiar es difícil cuando no se vive en familia a lo largo del año. Incluso, se hace insoportable cuando no existe un verdadero diálogo entre padres e hijos, o cuando el amor de los esposos se va enfriando. Muchas veces es más fácil la reunión ruidosa de un restaurante. El clima que ahí se crea, no obliga a vivir la Navidad con la hondura humana y cristiana que el marco del hogar parecía exigir. De ahí que estas fiestas navideñas que, durante tantos años, han reavivado el calor entrañable del hogar, hoy quizás sean, en muchos hogares, uno de los momentos más reveladores del deterioro de la vida familiar.
Pero la actitud del creyente no puede ser de desaliento. El nacimiento del Señor nos invita a renacer y trabajar por el nacimiento de un hombre nuevo, una familia nueva, una sociedad diferente. Estamos pasando de una familia más numerosa, tradicional, autoritaria y estable, a una familia más reducida, libre, inestable y conflictiva, pero el hombre siempre necesitará un hogar en donde pueda crecer como persona. En el hogar, el niño puede captar valores, conductas, actitudes o experiencias humanas y religiosas, no de cualquier manera, sino en un clima de afecto, confianza y amor. El mismo Hijo de Dios nació y creció en el seno de una familia.
Lo más importante es que los hijos puedan comprobar que sus padres se sienten creyentes. Que puedan intuir que Dios es alguien importante en su vida, que la fe los anima a vivir de manera positiva, y los sostiene en los momentos de sufrimiento y prueba. Pero no es posible transmitir lo que no se vive. No se puede enseñar al hijo a rezar, cuando uno no reza nunca. No se le puede explicar por qué el domingo es fiesta, si en casa no se celebra ese día de manera cristiana. No se le puede hablar en serio de Jesucristo, si el hijo nunca nos ve leyendo el Evangelio. La fe o la increencia de las nuevas generaciones se juegan en buena parte en la familia. Es bueno recordarlo hoy, en esta fiesta de «la familia de Nazaret», modelo de vida para todo hogar cristiano.
Oración a la Sagrada Familia. (Papa Francisco). Sagrada Familia de Nazaret; enséñanos el recogimiento, la interioridad; danos la disposición de escuchar las buenas inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad del trabajo de reparación, del estudio, de la vida interior personal, de la oración que sólo Dios ve en lo secreto; enséñanos lo que es la familia, su comunión de amor, su belleza simple y austera, su carácter sagrado e inviolable. Amén
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola

