«AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN. Y AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO».
Hijos de Dios, hoy vemos a Jesús quien es abordado por un escriba. Estos mal intencionados se reúnen ante Jesús para molestar y ponerlo a prueba con la pregunta que le hace uno en nombre de ellos ¿Qué mandamiento es el primero de todos? Y Jesús simplemente une el mandamiento a Dios y al prójimo. Mostrando que estos son inseparables y van de la mano. Pues es el amor lo que nos une. Jesús nos invita a mirar la vida desde las personas, no desde las leyes, Siendo misericordiosos para así llevar a plenitud la entrega y el servicio a nuestros hermanos.
En este evangelio Jesús nos muestra que a pesar de los ataques y de las persecuciones se puede sacar algo bueno; poner el amor por encima de todo. Queriéndonos decir que, aunque tengamos muchas responsabilidades, necesidades y problemas, no podemos perder el punto central de ese amor que debemos sentir por nuestro creador. Por eso, él hace ese gesto de hacerse hombre, de llevar libertad, de curar, acompañar, e incluso dar la vida por nosotros, mostrando así el amor infinito que él siente por ti.
Por eso, es que cuando él dice amar a Dios, debes demostrarlo al amar a tu próximo. Buscar el bien de ellos como si fuera nuestro propio bien. El que ama de verdad se alegra cuando a su hermano le va bien, pero también se entristece cuando está en problemas y dificultades. Y es que ese amor debe ser gratuito y puede ser correspondido. Dejémonos amar por Dios, aunque no lo merezcamos y abramos nuestro corazón para darnos por completo. Y sé que este sentimiento muchas veces nos hace daño. Pero no debemos endurecer el corazón. Luchemos siempre por hacer el bien, por abrir el corazón para acoger a los que son diferentes, dediquemos un momento para orar por ellos y que tu vida sea un derroche de amor para el que pasa por tu lado.
Queridos amigos, lo más importante es el amor, pues este cambia todo, nos transforma y nos hace ser personas diferentes. Si nos damos cuenta, en nuestro mundo actual existe una falta de amor muy grande. Si de verdad existiera amor, hubiera más unidad en las familias, menos divorcios, menos maldad, menos odio, menos enfermedades y menos injusticias. Pero si Dios mismo nos dice que amemos al prójimo como a nosotros mismos. ¿Por qué estas cosas imperan predominantes en nuestra sociedad y el mundo?
El amor transforma y trasciende todo. Pero debe de iniciar amándote primero a ti mismo, para poder luego amar a los demás, así como tú dices que amas. Vemos que en el día de hoy lo que menos notamos son esos gestos de amor y de cariño que nos permiten sentirnos cercanos, y así trascender en la vida del otro. De manera positiva tendámosle nuestras manos.
El amor a Dios y por los demás se debe demostrar con los hechos y con las obras. Ayudándole en sus necesidades, demostrándole que es importante. De esta manera en las familias habría mayor unidad, mayor respeto de los unos por los otros. Mayor comprensión, más cariño y solidaridad. Si viviéramos todo esto de corazón cuán diferente seriamos. Por eso es por lo que en el día de hoy Jesús le da gran importancia, no solo al amor a Dios, sino también al amor al prójimo. Jesús nos hace una invitación y es que lleguemos a ser como Dios en obras. Teniendo presente que tu hermano no es solo el que te agrada, el que te hace el bien, el que tiene buena posición económica, el que es de tu misma raza. Ama a todos sin distinción.
Pero para tu dar amor al prójimo, tienes que empezar por amarte a ti mismo, aceptarte, así como eres y sintiéndote importante para Dios. Pero no digas que amas a Dios cuando aborreces a tu hermano. Cuando no le haces caso a aquel que pasa por tu lado, que deambula por las calles buscando algo o alguien que le tienda las manos, o que por lo menos, con una sonrisa, con un gesto de cariño, con una palabra, él se sienta amado.
¿Cómo puedes decir que amas a Dios si odias a tú hermano? A ese hermano que hoy esta triste, sin familia, sin amigos. Demuéstrale tú un poco de amor y cariño. Ama sin condición y demuéstralo dándolo a los demás, sin esperar nada a cambio. Hoy es difícil expresar con un abrazo o con un beso nuestro amor. Porque hasta eso hoy extrañamos, pero hasta por medio de la tecnología podemos expresarlo e incluso al que vemos en la calle, aunque no nos acerquemos, también lo podemos hacer con un gesto de cariño. Y compartiendo también lo poco o mucho que tenemos con aquel que nada tiene. Por eso te invito a que tú también seas testigo de su inmenso amor.
Pidamos a Nuestro Padre Dios que nos conceda la gracia para poder acercarme a los demás con amor. Ofrecer mí ayuda con amor y entrega para que de esta manera haya más unidad en toda la humanidad. Porque cuando sentimos respeto, amor, compasión y cuidado de nuestras vidas. Brota ese amor que Cristo mismo nos da para compartir con los demás. Y esta dimensión generosa de nuestras vidas ha de ser incondicional, sin límites encontrando en los demás el rostro de nuestro Padre Dios. Y podríamos decir que quien acoge, ayuda, escucha y abraza a algún hermano, es a Dios mismo que se lo hace.
Que nuestro amor sea semejante al de nuestra Madre María que nos ama sin límites y sin condiciones al igual que su hijo. Que María sea nuestro ejemplo para seguir en el amor y la entrega. Y que amemos al Señor nuestro Dios con el corazón; con mi alma y mi mente. Y ame a mi prójimo, como he de amarlo a Él y a mí mismo.
Terminemos orando.
«Un escriba se acercó. Y le pregunto a Jesús. ¿Qué importancia tenía? Aquel primer mandamiento. Pero le dijo Jesús. Ama al Señor tu Dios. Con todo tu corazón. Y también con toda tu alma. Y toda tu mente entera. El segundo y el primero. Tienen aquel parecido. Tienen igual parecido. Por eso te digo hijo. Tienes que amar a tu prójimo. Como te amas a ti mismo. Pues de estos dos mandamientos. Depende toda la ley. Y todas las enseñanzas. De Moisés y los profetas. Amén».
«Qué grande es el amor. Que llevo en mi corazón. Reservado para ti. Y yo te lo he demostrado. Nada que tú me has pedido. Yo nunca te lo he negado. No puedo decirte no. Ven acércate a mi lado. Tú sabes que te he cuidado. Nadie lo hace como yo. Y también te doy la fuerza. Mi amor es tu fortaleza. Siempre animado tú estás. Fui yo que te lo di todo. Mi amor, mi fuerza y mi alma. Y también mi corazón. Amén».
«Practica misericordia. Porque en ella está todo. El amor que tienes tú. Lo das al necesitado. Al pobre y al hambriento. También se lo das al sediento. Y aquel que no tiene nada. Eso lo hace un cristiano. Cuando tiene mucho amor. Que le da mucho dolor. Mirar al que está a mi lado. Es que ese es mi hermano. Al que yo tengo que amar. Nunca dejaré de dar. Así yo puedo agradar. Al Señor y a mis hermanos. Amén».
«Qué feliz me siento yo. Contigo mi hijo querido. Yo te he dado mi cariño. Y tú me has correspondido. Los pasos que tú has dado. Yo he caminado contigo. Pero, aunque tú no me veas. Hijo tú me has sentido. Entrégate siempre a mí. Con todo tu corazón. Tú Padre siempre te espera. Para darte mucho amor. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

