Evangelio: Juan 20,19-31
¿Ha sido Tomás el único de los apóstoles en dudar mientras que los otros habrían creído en el Resucitado de un modo fácil e inmediato? Parece que no ha sido así. En el evangelio de Marcos se dice que Jesús “los reprendió por su incredulidad y obstinación al no haber creído a los que lo habían visto resucitado” (Mc 16,14). En el evangelio de Lucas, el Resucitado se dirige a los discípulos, espantados y llenos de miedo, y les pregunta: “¿Por qué se asustan tanto? ¿Por qué tantas dudas?” En la última página del evangelio de Mateo, se llega a decir que, cuando Jesús se apareció a sus discípulos sobre un monte de la Galilea, algunos dudaron (Mt 28,17). ¡Todos dudaron! No solamente el pobre Tomás…
Se quiere así responder a los interrogantes y objeciones de los primeros cristianos. Se trataba de creyentes de la tercera generación que no habían visto al Señor. Muchos de ellos ni siquiera habían conocido a ninguno de los apóstoles. Les cuesta creer; se debaten en medio de dudas; quieren ver, tocar, verificar si verdaderamente el Señor ha resucitado. Se preguntan: ¿Cuáles son las razones para creer? ¿Hay pruebas de que esté vivo? ¿Por qué no se aparece más? Son preguntas que nos hacemos también los cristianos de hoy.
La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre. Juan propone a Tomás como símbolo de las dificultades por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la fe.
El Evangelista quiere enseñarnos que el Resucitado posee una vida que no puede ser captada por nuestros sentidos, ni tocada con las manos, ni vista con los ojos; solo puede ser alcanzada por la fe. Y esto vale también para los apóstoles, a pesar de la experiencia única que han tenido del Resucitado. La Resurrección no se puede demostrar científicamente, pues pertenece a una realidad distinta: la realidad de Dios. Si alguien exige ver, verificar, tocar… debe renunciar a la fe.
Al final, sin embargo, Juan hace justicia a Tomás, pone en su boca la más alta, la más sublime de las profesiones de fe. En sus palabras nos viene dada la conclusión del itinerario de fe de los discípulos.
Juan enseña que el encuentro de Jesús con sus discípulos, es el encuentro que acaece en “el día del Señor”, el que tiene lugar cada “ocho días”, cuando la comunidad es convocada para la celebración de la Eucaristía. Es allí, encontrándose reunidos todos los creyentes, es donde se aparece el Resucitado y de nuevo ocho días después de la Pascua, se dirige a ellos con las palabras: “La paz esté con ustedes”. En aquel momento Jesús se manifiesta vivo.
Quien, como Tomás no asiste a estos encuentros de la comunidad, no puede tener la experiencia del Resucitado; ni oír su saludo; ni escuchar su Palabra; no puede recibir su paz y su perdón; ni experimentar su alegría; ni recibir su Espíritu. Quien se queda en casa el día del Señor, no experimentará la presencia del Resucitado, porque éste se hace presente allí donde la comunidad está reunida. También Tomás, al final, ha declarado su profesión de fe solamente después de haber escuchado la voz del Resucitado junto a sus hermanos de comunidad. Y la posibilidad de hacer esta experiencia del Resucitado se ofrece a todos los cristianos de todos los tiempos… cada ocho días.

